PARTE 2
En el hospital no pedí permiso. Entré con Valeria en brazos y grité hasta que 2 enfermeras corrieron con una camilla. Tal vez mi voz ya no tenía placa, pero todavía tenía autoridad de mujer que ha visto demasiadas tragedias empezar con “seguro no fue para tanto”. La llevaron a revisión. Yo me quedé en el pasillo, con las manos manchadas de su sangre, mirando la puerta cerrada como si de ahí pudiera salir mi vida entera o terminar de romperse. Una doctora joven salió 40 minutos después. —Señora Teresa, su hija tiene golpes internos, 2 costillas fisuradas y una hemorragia. Necesitamos intervenirla. —¿Y el bebé? —pregunté, aunque me dio miedo escuchar. La doctora bajó la mirada. —Tenía 8 semanas de embarazo. Lo siento mucho. Ya no hay latido. No lloré. No porque no doliera. No lloré porque, cuando una madre recibe una noticia así, primero se convierte en piedra para no caer encima de su hija. Valeria entró a cirugía. Yo me senté en una banca y abrí el celular de ella. Tenía la contraseña de siempre: el cumpleaños de su papá, que murió cuando ella tenía 12 años. Lo que encontré fue peor que los mensajes. Había correos de bancos, contratos digitales, facturas de una empresa llamada “Consultoría Integral M&M” y escrituras donde Valeria aparecía como representante legal de negocios que jamás me había mencionado. También encontré fotos de su credencial, comprobantes de domicilio y documentos firmados con una firma que no se parecía a la suya. Rodrigo no solo la golpeaba. La estaba usando. Llamé a Octavio Rivas, un viejo compañero de la Fiscalía que ahora trabajaba en delitos financieros. No le di rodeos. —Necesito que investigues a Rodrigo Montes. Empresas, cuentas, propiedades, socios. Y rápido.