Yo pensaba que lo peor que podía pasar era perder a mi familia… hasta que un día vi mi propia esquela.



Mi familia había solicitado ante un juez una declaración oficial de fallecimiento, asegurando que yo tenía problemas mentales, que había huido y que probablemente había muerto en el extranjero.

Querían cerrar mi historia por completo.

Y cuando vi la esquela, con mi foto y una misa en mi honor, no lloré.

Sonreí.

Porque esta vez no iba a desaparecer.

Iba a regresar… y a enfrentar todo frente a ellos.