PARTE 2 —¿Con quién? —preguntó Mariana, saliendo de mi recámara con una mueca de fastidio. —Con don Patricio —repetí, sin dejar de sonreír—. El dueño del edificio. El hombre que decide quién vive aquí y quién no. Mi madre soltó una risita corta, nerviosa. —Ay, por favor, Lucía. Eso se arregla. Si hay que pagar alguna penalización por romper el contrato, la pagamos. No hagas un drama donde no lo hay. Ahí estaba. La palabra favorita de las personas abusivas cuando una deja de obedecer: drama. —Yo tengo contrato —le dije. —Los contratos se rompen —contestó ella, endureciendo la voz—. Esto no se trata de papeles. Se trata de hacer lo correcto por tu familia. Lo correcto. O sea: sacrificarme yo para que Mariana no se incomodara.
Yo pensaba que lo peor que podía pasar era perder a mi familia… hasta que un día vi mi propia esquela.