Yo pensaba que lo peor que podía pasar era perder a mi familia… hasta que un día vi mi propia esquela.

No copropietarios. No inquilinos. No personas con derecho a decidir sobre mi casa. Mi padre por fin habló, y lo hizo para decepcionarme una vez más. —Estás siendo egoísta. Tu hermana necesita apoyo. Volteé a verlo directo. —No. Lo egoísta es venir a quitarme lo mío porque Mariana tomó malas decisiones y ustedes no quieren que el problema les explote en su propia casa. A Mariana se le borró la sonrisa. —Mi marido me dejó, Lucía. —Lo sé. Y lo siento por ti. Pero que te hayan abandonado no te da derecho a dejarme sin hogar a mí. Mi madre cruzó los brazos. —No te quedarías sin hogar. Buscarías algo más pequeño. Más barato. Eres joven. —¿Con qué depósito? ¿Con qué tiempo? ¿Con qué tranquilidad? ¿Y por qué tendría que irme yo si esta es mi casa? Nadie contestó. Porque la respuesta era evidente: porque siempre habían creído que podían moverme como un mueble. Entonces rematé: —Y para que les quede claro: si vuelven a presentarse así, si vuelven a tratar de intimidarme, si vuelven a querer usar a la familia para robarme estabilidad, lo documento todo. Todo. Mi madre me miró como si acabara de conocerme. —Has cambiado muchísimo. —No —le dije—.