Mi hermana se sentó en mi sofá con los zapatos puestos, como si ya viviera ahí. —Además, seamos honestas —dijo, mirándose las uñas—. Este depa es demasiado para ti sola. Es hasta egoísta. Mis hijos necesitan dónde jugar. Tú solo vienes a leer o a hacer tus cosas raras. Mis cosas raras. Así resumía ella mi vida. Mi trabajo. Mi esfuerzo. Mi paz. Respiré una vez más. Luego puse el saco de Mariana sobre la mesa y hablé despacio, para que cada palabra le cayera a todos como debía caerles. —Aquí va lo que sí va a pasar. Van a agarrar esas maletas y se van a ir de mi departamento en este momento. Mariana soltó una carcajada. —¿Y si no? —Y si no, llamo a don Patricio y le digo que hay personas intentando sacarme ilegalmente de la vivienda que rento. Después llamo a la policía. Mi madre palideció. —¡No seas ridícula! ¡Somos tu familia! —Exacto —le contesté—. Familia.
Yo pensaba que lo peor que podía pasar era perder a mi familia… hasta que un día vi mi propia esquela.