Mi yerno golpeó a mi hija en plena comida familiar y su hermano sonrió: “Ya era hora”… pero una llamada reveló el negocio oscuro que escondían

PARTE 2

Valeria llegó veinte minutos después con dos excompañeros y una abogada especializada en víctimas. Entraron sin hacer escándalo, pero con una seguridad que cambió el aire del patio. Rubén palideció al verlos. —¿Quiénes son ustedes? —Valeria Montes —respondió ella—. Estoy aquí porque el dueño de la casa me invitó. Y porque una mujer acaba de ser agredida frente a testigos. Esteban intentó interponerse. —Usted no tiene autoridad. Valeria lo miró de arriba abajo. —No necesito autoridad para observar, documentar y llamar a quien sí la tiene. Luego se acercó a Mariana. —¿Quieres atención médica? Mariana miró a Rubén. Él la fulminó con los ojos. Por un instante creí que volvería a callarse. Pero entonces respiró hondo. —Mi esposo me golpeó. Hoy no fue la primera vez. Rubén soltó una carcajada nerviosa. —Está exagerando. Mi esposa es dramática. —No soy dramática —dijo Mariana, con la voz rota—. Tengo fotos. Tengo mensajes. Tengo miedo todos los días. El silencio pesó más que cualquier grito. Valeria me pidió hablar aparte. —¿Por qué dijiste que había algo más? Le señalé la camioneta nueva de Rubén estacionada afuera, el reloj de Esteban, la ropa cara, la manera en que habían reaccionado al teléfono. —Rubén dice que hace “asesorías de seguros”. Esteban supuestamente vende autos usados. Pero esos gastos no salen de ahí. Valeria frunció el ceño. —¿Fraude? —Organizado, quizá. Y Mariana puede saber más de lo que cree. En ese momento llegó un abogado en traje azul marino. Se presentó como Mauricio Rivas. Ni preguntó qué había pasado. Solo miró a Rubén y dijo: —No digas nada. Valeria sonrió apenas.