Y en ese momento, lo vi.
No miedo.
No tristeza.
Algo peor.
Aceptación.
“Porque él lo sabía”, dijo ella.
Esa frase golpeó más fuerte que cualquier otra cosa.
Porque en el fondo...
Sabía que podría ser verdad.
Desde ese día en adelante, todo cambió.
Dejé de ser sólo su abuelo.
Me convertí en su protectora.
Su abogado.
Su prueba de que no todos se van.
Tenemos su terapia.
Ayuda real.
Poco a poco, comenzó a desaprender los hábitos de supervivencia que nunca debería haber necesitado.
Ella se rió más.
Dormía mejor.
Comenzó a actuar como un adolescente de nuevo.
Pero la curación no es una línea recta.
Y justo cuando pensé que finalmente estábamos firmes...
La vida nos sacudió de nuevo.
Fue durante un evento escolar.
Una tarde normal.
Hasta que no lo era.
Recibí la llamada.
“Su nieta ha sido herida”.
Mi corazón se detuvo.
Cuando llegué, había sirenas.
Paramédicos.
Los estudiantes se reunieron en grupos, susurrando.
Y Olivia...
Estaba en una camilla.
Inconsciente.
Los moretones ya se forman a lo largo de sus brazos.
Una mujer estaba cerca.
Su profesora.
Sacudido.
“Hubo un incidente durante la educación física”, explicó.
“Pero eso no es lo que me preocupa”.
La miré.