“...Voy a tener que pedirles a todos que salgan un momento”.
El aire en la habitación se desplazó instantáneamente.
Al principio, nadie se movió.
Diego dejó escapar una pequeña y torpe risa, como un hombre tratando de ignorar un malentendido.
“¿Pasa algo?” Preguntó, apretando su agarre en la mano de Allison.
El médico no respondió de inmediato.
Esa fue la primera grieta.
Porque los médicos, especialmente en lugares como este, donde el dinero compraba comodidad y tranquilidad, siempre respondían de inmediato cuando todo estaba bien.
Pero ella no lo hizo.
Ella acaba de mirar la pantalla de nuevo.
Entonces en Allison.
Entonces en Diego.
Y algo en su expresión hizo que toda la habitación se quedara quieta.
“Necesito hablar con el paciente en privado”, repitió, esta vez más firme.
Su madre frunció el ceño.
“Doctor, somos familia”, dijo, casi ofendida. “Estamos aquí para celebrar...”
“Esto no es una petición”, cortó el médico en silencio.
Esa fue la segunda grieta.
Del tipo que no podías ignorar.
La sonrisa de Sofía desapareció primero.
Entonces la tía que sostenía flores lentamente las bajó.
Diego dudó.
Por un breve segundo, sus ojos parpadearon, no con preocupación, sino con algo más agudo.
El miedo.
No para Allison.
No para el bebé.
Para él.
—Está bien —dijo finalmente, forzando un tono tranquilo. “Vamos a salir”.
Se inclinó y besó la frente de Allison.
—Probablemente no es nada —susurró.
Pero su voz no sonaba convincente.
Ni siquiera a él.
Todos se presentaron lentamente.
La puerta se cerró.
Y el silencio en el pasillo era espeso.
Pesado.
Incómodo.