«Tu abuelo no era solo tuyo.»
Entonces el cerrajero bajó la voz.
«Yo necesito ver identificación de la propietaria.»
Mi madre lo miró como se mira a un mesero que tardó demasiado.
«Mire, joven, ya le pagamos. No complique las cosas.»
«Me pagaron para abrir una puerta autorizada», respondió él. «No para meterme en un problema.»
Desde el estacionamiento del hotel, yo ya estaba dentro del coche. El celular estaba conectado al tablero. La transmisión seguía viva. En el asiento del copiloto llevaba tres cosas: mi INE, la escritura del departamento y una copia sellada de la denuncia previa.
A las 8:26 llamé al número que me había dado el Ministerio Público.
No grité. No expliqué de más.
«Ya están dentro», dije. «Están forzando la entrada. Tengo video en vivo.»
La voz del otro lado cambió de tono.
«No entre sola. Manténgase cerca. Vamos a enviar unidad.»
Pero yo ya había salido hacia Polanco.
Cuando llegué, la patrulla estaba detenida frente al edificio. Dos elementos hablaban con el portero. El portero, don Raúl, tenía la cara gris. Me vio bajar del coche y caminó hacia mí con las manos juntas.
«Señorita Mariana… yo no sabía. Su papá dijo que usted había autorizado.»
Le mostré la denuncia.
«Por eso avisé antes.»
Subimos juntos.
En el pasillo del piso doce, mi familia ya no sonreía.