La puerta terminó de abrirse.
Desde la pantalla de mi celular vi primero el piso de madera, luego la sombra de mi madre entrando como si volviera a una casa propia, no al único lugar que mi abuelo Ernesto me había dejado con nombre, escritura y bendición.
El cerrajero se quedó en el umbral.

Su mano seguía en la herramienta. Sus ojos iban del sobre que mi padre sostenía a la cerradura forzada. Después miró hacia el techo del pasillo, donde una de las cámaras pequeñas parpadeaba con una luz azul casi invisible.
La vio.
Y dejó de moverse.
«Señor… aquí hay cámaras», dijo.
Mi madre giró despacio.
«No diga tonterías. Abra bien.»
Sofía ya había cruzado medio cuerpo dentro del departamento. Tocó el respaldo de una silla del comedor con la punta de las uñas rojas, como si estuviera escogiendo qué se iba a quedar primero.
«Ese piano se puede vender carísimo», dijo. «Y los libros de mi abuelo también.»
Mi padre soltó una risa sin aire.