Parte 2
El trayecto al hospital se me hizo eterno. Me quedé en la sala de espera con las manos aún manchadas de rojo, sin atreverme a limpiarlas, como si al hacerlo pudiera borrar lo que había pasado. Carlos iba y venía detrás de las puertas de urgencias, hablando con enfermeras, firmando papeles, preguntando cosas que nadie parecía responderle del todo.
El olor a desinfectante me revolvía el estómago. Cada vez que cerraba los ojos veía la cama, la sábana, la cara pálida de Mariana… y escuchaba su voz: “No quería molestar…”
Después de un rato que no supe medir, un médico salió. Carlos fue el primero en acercarse.
—¿Mi esposa? ¿Cómo está?
El doctor lo miró con una seriedad que me heló la sangre.
—Llegó con una hemorragia muy fuerte. ¿Sabían que estaba embarazada?
Sentí que el piso desaparecía bajo mis pies.
—¿Emba… embarazada? —repitió Carlos, como si no entendiera el idioma.
—Sí —continuó el médico—. Todo indica que tuvo una complicación durante la madrugada. Perdió mucha sangre antes de recibir atención. Estamos haciendo lo posible por estabilizarla.
Carlos se llevó las manos a la cabeza. Yo no pude ni moverme. Cada palabra era un golpe seco.
Embarazada.
Eso era lo que yo no había querido ver. Eso era lo que mi juicio, mi prisa, mi dureza… habían ignorado por completo.
—¿Se va a…? —Carlos no pudo terminar la pregunta.
—Está en estado crítico —respondió el médico—. Las próximas horas serán decisivas.
Se fue sin decir más.
Carlos se dejó caer en una silla. Yo me acerqué, pero por primera vez en su vida, cuando intenté tocarle el hombro, se apartó.
No dijo nada. Y ese silencio dolió más que cualquier reproche.