Semanas antes, aquellas risas infantiles no resonaban en un recinto fúnebre, sino bajo el cálido sol que bañaba la inmensa alberca de una lujosa mansión.
Cayo y Cael, gemelos idénticos de diez años, corrían descalzos por el pasto, armados con globos de agua. Eran un torbellino de energía y carcajadas, disfrutando de su propia infancia.
—¡Fallaste! —le gritó Cael a su hermano, esquivando un globo azul que estalló contra el piso de terracota—. ¡Ahora vas tú!
Lanzó su contraataque con todas sus fuerzas. Cayo, ágil como siempre, se agachó a tiempo. El globo siguió de largo e impactó directamente en el rostro de Patricia, que tomaba el sol plácidamente en un camastro, arruinándole el peinado de salón y empapando sus caros lentes oscuros.
Las risas de los niños cesaron de golpe.
Marcos, el padre de los gemelos y flamante esposo de Patricia, se incorporó de su asiento, preocupado.
—¿Estás bien, mi amor?
Patricia forzó la sonrisa más dulce que pudo armar, tragándose la furia que le hervía en la sangre.
—Todo bien, cielo. Con este calor, el agua hasta se agradece —dijo, quitándose los lentes mojados con un gesto que intentaba ser casual.
Los niños se acercaron, genuinamente arrepentidos.
—Perdón, Patricia, era para Cayo —murmuró Cael, cabizbajo.
Marcos frunció el ceño.
—Tengan cuidado, vayan a jugar más lejos al otro lado de la alberca. No puede volver a pasar.
—¡No, Marcos, déjalos! —interrumpió Patricia con falsa ternura—. Son solo niños. Es más, ¡voy a jugar con ustedes!
Durante los siguientes minutos, la mujer corrió y lanzó globos, interpretando a la perfección el papel de la madrastra amorosa y enrollada. Marcos los miraba desde la orilla, sonriendo emocionado. Estaba convencido de haberle dado a sus hijos, huérfanos de madre tras un trágico accidente automovilístico ocurrido cinco años atrás, la mejor familia posible.
Pero en cuanto Patricia se agotó, tomó su bolsa y entró a la casa con la excusa de darse un baño. Doña Coralina, su madre, la vio escurriendo agua por los pasillos de mármol y la siguió de inmediato a la recámara. Apenas se cerró la puerta de madera fina, la máscara de Patricia cayó a pedazos.
—¡Ya no soporto a estos escuincles! —gritó, arrojando su costosa bolsa contra el sillón—. ¡Mira cómo me dejaron! Horas en el salón de belleza hoy para que estos mocosos insolentes me arruinen el bronceado.
Coralina fue al clóset, sacó una toalla afelpada y comenzó a secar el cabello de su hija con una calma milimétricamente calculada.
—Tranquila, mi niña. Tienes que controlarte, no puedes echar a perder todo nuestro trabajo ahora.
—Pensé que al casarme con Marcos me había sacado la lotería —bramó Patricia, dejándose caer con pesadez—. Pero vienen estos dos de paquete. No vamos a ningún lado solos, no cenamos en paz, no viajamos sin llevar guardería. Y lo peor, mamá: están creciendo. En unos años van a ser mayores de edad, van a despilfarrar la fortuna de su padre, a adueñarse de la casa y me van a dejar en la calle después de todo lo que hice para atrapar a ese millonario idiota.
Coralina dejó la toalla, tomó un cepillo y comenzó a peinarla rítmicamente. Luego, se colocó frente a su hija y la miró directamente a los ojos con una sonrisa helada.
—No te preocupes por la herencia, mi princesa. Esos mocosos ni siquiera van a llegar a los dieciocho años.
Patricia frunció el ceño, pasmada.
—¿Qué quieres decir, mamá?
—El plan está marchando a la perfección. Marcos confía ciegamente en ti. Cree que eres un ángel, la madre perfecta. Así que, si a esos niños les pasa algo, a nadie, absolutamente a nadie, se le ocurrirá mirar en nuestra dirección. Es hora de deshacernos de ellos. Primero uno, luego el otro se marchará de “tristeza”. Una fatalidad lamentable.
Una sonrisa retorcida comenzó a dibujarse en los labios de Patricia, idéntica a la de su madre.
—¿Y cómo lo haremos? Los médicos de hoy investigan todo.
—Conozco a una vieja curandera en un pueblito escondido de la sierra —explicó Coralina, bajando la voz—. Tiene una pócima perfecta. Sin color, sin olor. Mata lentamente, poco a poco, y no deja un solo rastro en los análisis de sangre. Ya lo he usado antes, te lo aseguro. Funciona de maravilla. Nadie sospechará nada.
Madre e hija se miraron a través del espejo y soltaron una carcajada siniestra que rebotó en las lujosas paredes de la habitación. Rieron hasta que la puerta se abrió de pronto y apareció Marcos, aún mojado por la alberca.
—¿A qué se debe tanta risa en este cuarto? —preguntó, con una sonrisa sincera.
Patricia saltó hacia él y lo abrazó, fingiendo la mayor de las ternuras.
—Le contaba a mamá lo divertidos que son los gemelos con los globos de agua. Los amo tanto, Marcos. Tus hijos llenan mi vida de una manera que no te imaginas.
Él le besó la frente, conmovido, ciego ante el nido de víboras mortales que albergaba en su propia casa.
A la mañana siguiente, muy temprano, Coralina manejó por horas hasta la sierra. Golpeó la puerta de madera podrida de la vieja curandera y, sin mediar mucha palabra, sacó de su bolsa un grueso fajo de pesos y lo azotó sobre la mesa rústica.