—Aquí tienes lo acordado. Dame las gotas —ordenó Coralina.
La anciana de dientes amarillentos le entregó un pequeño frasco de cristal grueso.
—Es fuerte. Si quieres que sufran poco a poco, solo usa un par de gotitas. No dejará huella.
Coralina regresó a la mansión triunfante. Encontró a Patricia ayudando a los niños con la tarea en la sala, proyectando la imagen de la familia de revista. Cuando los niños se distrajeron, Coralina le hizo una seña a su hija y le mostró el pequeño frasco en la cocina.
—Aquí lo tienes. Hoy empezamos con Cayo. Siempre ha sido el más respondón.
Esa tarde, Coralina preparó el platillo favorito de los niños: un jugoso pay de pollo.
—Para el niño más guapo de la casa, el primer pedazo —le dijo a Cayo con falsa devoción, sirviéndole una porción en la que ya había mezclado discretamente la gota del veneno invisible.
El niño comió con apetito. Pero a los veinte minutos, un dolor punzante e insoportable le atravesó el estómago. Soltó los cubiertos, se llevó las manos al vientre y corrió al baño de la planta baja, donde devolvió hasta la última migaja.
Marcos caminaba de un lado a otro en la sala, con el rostro desencajado por la angustia.
—Tranquilo, amor, debe ser un virus estomacal, los niños siempre pescan esas cosas —lo consoló Patricia, acariciándole el brazo con un gesto ensayado frente al espejo—. Mamá le hará una sopita ligera y ya verás que se repone volando.
En la cena, esa misma “sopita” llevaba otra gota de la mezcla letal. Cayo volvió a retorcerse de dolor. Los días siguientes se convirtieron en un infierno interminable para el niño. Marcos lo llevó con los mejores especialistas de la ciudad; le hicieron decenas de exámenes, radiografías y análisis de sangre, pero los doctores no encontraron absolutamente nada.
—Probablemente sea una intoxicación alimentaria severa combinada con estrés —diagnosticó el pediatra, confundido.
Mientras Cayo perdía fuerzas en su recámara, luciendo cada día más pálido y ojeroso, Coralina y Patricia celebraban en la cocina.
—Mañana le subimos la dosis a dos gotas. Ese escuincle ya está con un pie en la tumba y los médicos no tienen ni idea —se burlaba Coralina, guardando el botecito asesino en su bolsa.
Cael, desesperado, no se despegaba de la cama de su hermano gemelo.
—Pronto vas a estar bien, hermanito. Vas a ver que esto pasa rápido —le decía, tomándole la mano.
En ese momento, la puerta crujió y entró Coralina con un tazón rebosante de ensalada de frutas frescas.
—Ándale, mi vida. Cómete tu frutita para que agarres energía y te levantes de esa cama —dijo con voz acaramelada, dejando el plato en el buró antes de salir a paso ligero.
Cayo miró la fruta con repulsión. Suspiró, debilitado.
—No quiero, Cael. No me voy a comer eso. Siempre que pruebo lo que me traen Patricia o Coralina, me pongo mucho peor. Me da terror comer.
—Pero no puedes dejarte morir de hambre, tienes que comer algo —insistió Cael preocupado—. Cómetelo, de verdad sabe muy rica. Coralina preparó un tazón gigante en la cocina y yo comí de la misma hace rato. No hace daño.
Cayo empujó el plato hacia su gemelo.
—Entonces cómetela tú. Yo no voy a probar ni un bocado. Y si preguntan, diles que fui yo quien se la acabó para que no me regañen.
Cael suspiró, cedió ante la mirada suplicante de su hermano y se comió la ensalada. Acababa de tragarse la ración envenenada.
No pasaron ni diez minutos cuando el rostro de Cael palideció repentinamente. Se agarró el estómago, soltó un quejido agudo y corrió al baño a vomitar de manera violenta.
Cayo se sentó en la cama de golpe, sintiendo cómo su mente trabajaba a mil por hora. Él no había comido nada, y, sorprendentemente, se sentía lúcido y sin dolor por primera vez en días.
Cuando Cael salió del baño, limpiándose la boca y temblando de escalofríos, Cayo lo miró fijamente a los ojos.
—Cael… no es ningún virus. Es la comida. Sólo te enfermaste cuando comiste exactamente la porción que Coralina trajo para mí.
Cael abrió mucho los ojos, asimilando la información.
—¿Estás diciendo que… nos están envenenando? Pero si ellas son súper lindas con nosotros, siempre nos consienten.