Durante la AUTOPSIA de GEMELOS, el médico oye RISAS DE NIÑOS y nota 1 DETALLE IMPACTANTE en los cuerpos…

—Las apariencias engañan, como siempre nos dice papá —sentenció Cayo con una madurez que el miedo le obligó a encontrar—. O son dos brujas disfrazadas, o estoy loco. Pero vamos a averiguarlo. Vamos a ponerles una trampa.

Esa misma tarde, Cayo, fingiendo estar ligeramente mejor, pidió un antojo específico: el famoso pastel de chocolate que solo Coralina sabía hacer. Sabía perfectamente que su abuelastra no perdería la oportunidad para administrarle la siguiente dosis.

En cuanto Coralina bajó a la cocina, los gemelos salieron de puntillas de su habitación y se escondieron estratégicamente detrás del gran biombo del comedor, desde donde podían espiar sin ser vistos.

Allí vieron llegar a Patricia, furiosa, pisando fuerte el suelo de mármol.

—¡Mamá, ese maldito escuincle no se muere! ¡Tu supuesto veneno infalible no sirve para nada!

Escondidos en las sombras, los gemelos se taparon la boca, petrificados por el terror de confirmar sus peores sospechas.

—Paciencia, mi niña, no levantes la voz —respondió Coralina, batiendo la mezcla de chocolate con tranquilidad—. Hoy le pondré una dosis especial a este pastel. Y en la noche, con la cena, le damos el tiro de gracia. Será su última comida. Cuando ya no respire, lloraremos mucho y luego vamos por el otro, y así todo el dinero de Marcos será solo para ti.

Los niños corrieron de regreso a la recámara, con los corazones latiéndoles desbocados en la garganta.

—Nos van a matar de verdad, nos están asesinando en nuestra propia casa —sollozó Cael, al borde de un ataque de pánico.

—Hay que decirle a papá ahorita mismo —propuso Cael.

—¡No nos va a creer! —lo detuvo Cayo, sujetándolo de los hombros—. Las ama, está embobado con Patricia. Ellas son expertas en fingir. Necesitamos pruebas concretas. Hay que usar su veneno en su contra, pero sin que nos mate de verdad.

Los ojos de Cayo se iluminaron de pronto al recordar un detalle crucial. Coralina era adicta a unas gotas para dormir; un calmante recetado extremadamente fuerte que guardaba en su neceser junto con sus cosméticos.

Esa noche, cuando las mujeres se distrajeron en la sala platicando animadamente con Marcos, los gemelos se escabulleron sigilosamente a la recámara de Coralina. Revolvieron los cajones hasta que encontraron, en el fondo del neceser marrón, el frasco de cristal grueso con el veneno. A un lado, en el buró, descansaba el frasco de su poderoso calmante.

Con manos temblorosas pero firmes, vaciaron los líquidos en recipientes temporales, lavaron ambos frascos a la perfección y los intercambiaron. El veneno mortal, la prueba de su maldad, quedó oculto en el frasco de medicina personal de Coralina. El calmante inofensivo —pero lo suficientemente potente para noquear a cualquiera— quedó en el frasco que las mujeres creían que era el veneno asesino.

—Si todo sale como lo planeamos, hoy solo vamos a dormir mucho —susurró Cael, apretando los puños.

Horas después, tal y como lo habían previsto, Coralina y Patricia entraron a la recámara de los gemelos, portando una bandeja con dos tazas de té caliente y la mejor de sus sonrisas falsas.

—Beban, mis niños, para que duerman rico y profundo —ronroneó Patricia, acariciándoles el cabello con hipocresía.

Los gemelos, excelentes actores por supervivencia, bebieron sin rechistar. El efecto de la sobredosis del fuerte calmante no se hizo esperar. En cuestión de minutos, la pesadez invadió sus cuerpos pequeños. Se desplomaron sobre las sábanas, la respiración se volvió tan superficial y el pulso tan escandalosamente lento que, a los ojos de cualquiera, lucían como dos cuerpos sin vida.

Marcos entró un rato después a la recámara para darles el tradicional beso de buenas noches. Al verlos pálidos, helados e inmóviles, el mundo se le vino encima en un instante.

—¡Cayo! ¡Cael! ¡Despierten! ¡Por el amor de Dios, niños, despierten! —gritó, sacudiéndolos con una desesperación desgarradora.

Patricia y Coralina entraron corriendo, montando un teatro perfecto de gritos, lágrimas y lamentos falsos. Pero, en medio de la confusión y la excelente actuación, la arrogancia les cobró factura. Al acercarse para darle unas palmadas de consuelo en la espalda a Marcos, a Coralina se le resbaló de su bata el frasco que ella juraba contenía el veneno.

Marcos, tirado en el suelo llorando mares sobre los cuerpos de sus hijos, vio rodar el botecito de cristal hasta detenerse contra sus rodillas. Lentamente, lo tomó entre sus manos temblorosas.

—¿Qué es esto? —preguntó, con la voz rota por el dolor, pero con un destello de extrañeza y furia ciega naciendo en sus pupilas.

El silencio fue ensordecedor. Coralina palideció de golpe, sintiendo cómo se le helaba la sangre.

—Marcos, mi amor… eso no es nada… seguro fue una falla de sus corazoncitos. Los gemelos tienen conexiones fuertes, su destino era estar juntos… —balbuceó Patricia, intentando quitarle el frasco.

—¡No me toques! —rugió Marcos, levantándose como un león herido—. Mis hijos estaban completamente sanos hasta hace unas semanas. Y justo ahora encuentro esto tirado al pie de su cama. ¡Voy a llamar a la policía! ¡Quiero una investigación completa y una autopsia ahora mismo!

Antes de que las mujeres pudieran inventar alguna artimaña para detenerlo, el forense de confianza, el Dr. Federico, y las patrullas llegaron a la residencia. Los cuerpos fueron levantados y llevados a la morgue de inmediato bajo cadena de custodia, llevándose consigo el frasco incautado.

Y así, el círculo se cerraba en el frío anfiteatro, donde la muerte intentó reinar, pero fue monumentalmente burlada.

De vuelta en la mansión, el ambiente era irrespirable. Patricia caminaba como fiera enjaulada, arrancándose casi el cabello, bañada en sudor frío.

—¡Nos van a descubrir! ¡El maldito frasco tiene mis huellas, mamá! ¡Vamos a terminar refundidas en la cárcel! —chillaba histérica.

Coralina, por primera vez en su vida, sintió verdadero terror.