EL BEBÉ DEL HOMBRE MÁS PODEROSO DE MÉXICO ACABABA DE SER DECLARADO MUERTO… CUANDO UNA MUJER DE LIMPIEZA ENTRÓ CON UNA CUBETA DE HIELO Y OBLIGÓ A TODOS A RETROCEDER.

PARTE 2
apartó con el antebrazo la mano del médico y apoyó al recién nacido sobre una sábana doblada.
La sala entera contuvo el aire.
—¿Qué demonios cree que está haciendo? —rugió el neonatólogo, avanzando un paso.
Ella ni siquiera lo miró.
Sus ojos estaban clavados en el pecho del bebé.
En la coloración apagada de la piel.
En esa rigidez que a cualquiera le habría parecido definitiva.
Pero Mariana había pasado años persiguiendo, a escondidas, todo lo que pudiera enseñarle a reconocer la diferencia entre un final y una posibilidad.
No era doctora.
No era enfermera.
No tenía un título que la protegiera.
Solo tenía memoria.
Y una culpa vieja que nunca la dejó dormir en paz.
—Necesito una toalla seca. Ahora —dijo, con una firmeza que sorprendió hasta a ella misma.
—¡Saquen a esta mujer! —gritó una enfermera.
—¡Nadie la toca! —tronó Alejandro desde el suelo.
Su voz salió rota, pero suficiente.
La sala quedó congelada.
El hombre más poderoso del país seguía de rodillas, con los ojos enrojecidos y la corbata torcida, pero en ese instante no parecía un magnate.
Parecía solo un padre desesperado aferrándose al último pedazo de locura que le quedaba.
Mariana tomó un puñado de hielo, lo envolvió rápidamente en la sábana y comenzó a enfriar con extremo cuidado la cabeza y el cuello del bebé.
No de cualquier forma.
No como un gesto salvaje.
Lo hizo con precisión temblorosa, como quien sigue una instrucción grabada a fuego en la mente.
—Hipoxia… ventana corta… bajar temperatura… ganar minutos… —murmuraba para sí.
El médico la miró con desconcierto.
Esa no era la improvisación de una mujer fuera de sí.
Había una lógica detrás.
Una lógica peligrosa.
—Eso no forma parte del protocolo aquí —dijo él, apretando los dientes.
Mariana alzó por fin la vista.
—¿Y declararlo muerto en menos de cinco minutos sí?