Mi padre, Antônio Ferreira, no era un hombre que hablara mucho de la soledad. En Belo Horizonte, la llevaba como llevaba su camisa blanca de domingo: limpia, planchada, visible para todos y nunca explicada.
Cuando mi madre murió, mi hermana y yo todavía estábamos en la universidad. Él guardó sus documentos en una carpeta azul del Cartório de Registro Civil de Belo Horizonte y nunca volvió a dormir con la ventana cerrada.
Decía que el aire le hacía bien. Yo sabía que la verdad era otra. La habitación principal todavía olía a jabón de lavanda, madera vieja y a la crema de manos que mi madre usaba antes de acostarse.

Durante más de veinte años, mi padre vivió con rutinas pequeñas. Trabajaba, iba a misa los domingos, podaba el jardín y revisaba cada mes el baúl de cedro donde guardaba fotos, cartas y recuerdos de matrimonio.
Nuestros familiares intentaban convencerlo de rehacer su vida. —Antônio, todavía estás fuerte y sano —le decían—. Un hombre no debería vivir solo para siempre. Él sonreía y contestaba siempre igual: —Cuando mis hijas estén establecidas, pensaré en mí.
No era una frase para quedar bien. Esperó hasta que mi hermana se casó. Esperó hasta que yo conseguí un trabajo estable en São Paulo. Esperó hasta que ya no tuvo a quién usar como excusa.
Entonces, una noche de noviembre, llamó con una voz distinta. No sonaba joven, exactamente. Sonaba menos cansado. —He conocido a alguien —dijo—. Se llama Larissa.
Larissa tenía treinta años, trabajaba como contadora en una compañía de seguros local, era divorciada y no tenía hijos. La había conocido en una clase de yoga para personas mayores en el centro comunitario.
Mi primera reacción fue fea, aunque no la dije en voz alta. Pensé que quizá ella veía en mi padre una casa pagada, una pensión segura y un hombre demasiado agradecido para hacer preguntas incómodas.
Mi hermana pensó lo mismo. Lo supe por la manera en que se quedó callada al teléfono. Hay silencios familiares que no necesitan traducción. Compartimos el mismo miedo antes de atrevernos a nombrarlo.