Su madre, doña Beatriz, organizó todo. La lista de invitados, el menú, la decoración en tonos beige y dorado. Me saludó en la entrada con una sonrisa que no le llegaba a los ojos y me indicó una silla cerca de las jardineras, lejos de la mesa principal. Me quedé callada. Siempre he sido buena para eso.
La apertura de regalos fue al final de la tarde. Jimena se sentó en la silla decorada con moños y fue abriendo caja por caja. Carriola importada, conjuntos de ropa de diseñador, un móvil musical que tocaba Mozart. Cada regalo venía en papel de seda y listón de satín, y cada uno recibía aplausos educados de los invitados.
Cuando llegó el turno de mi regalo, Jimena tomó el paquete envuelto en papel traza y mecate. Me gusta la sencillez, siempre me ha gustado. Y vi esa expresión pasar por su rostro, rápida, casi imperceptible. Un escaneo discreto por el jardín, checando quién estaba mirando. La abrió despacio. La colcha se extendió sobre su regazo, como una historia contada en tela. El jardín se quedó en silencio por un segundo.
Fue doña Beatriz quien rompió el silencio primero. Se inclinó, tocó la esquina de la colcha con dos dedos, como quien examina algo que no sabe si puede tocar, y dijo que era interesante. La palabra salió con esa entonación específica que significa exactamente lo contrario. Jimena me miró, luego a su suegra, y soltó una risa corta, nerviosa.
Dijo que ellos habían hecho una mesa de regalos en una tienda departamental, que yo debía haber visto la lista, que había tantas cosas prácticas que el bebé iba a necesitar. Abrí la boca para explicarle, para hablarle de los nueve meses, de las telas, de las etiquetas bordadas a mano. Pero Santiago habló antes.
Dijo que yo era la señora del comedor. Lo dijo con una sonrisa, y la frase fue suficiente para que los invitados cercanos soltaran esa risita ligera, la risa de quien se burla sin querer admitir que le dio gracia.
Jimena puso la colcha en la mesa de regalos. No la dobló, no me miró. Me quedé sentada unos minutos más. Nadie se acercó a hablarme. Vi a Beatriz al otro lado del jardín cuchicheando con otra mujer, las dos miradas encontrándome por una fracción de segundo antes de desviarse.
Me levanté, fui a la mesa, tomé la colcha, la doblé con cuidado, con la misma atención que le pongo a todo lo que hago. La metí en mi bolsa y me fui. En el estacionamiento me quedé sentada en mi Tsuru blanco durante un buen rato, con la colcha en el asiento del copiloto.
No lloré. Aprendí a no desperdiciar lágrimas en situaciones que piden acción. Pensé en Eduardo, mi esposo, padre de Jimena, que murió de un infarto cuando ella tenía tres años y yo treinta y dos. Pensé en lo que él diría si estuviera aquí. Probablemente diría que hija es hija, que ella volverá, que las personas crecen. Pero yo sabía algo que Eduardo no podía saber. Yo tenía un archivo en casa, en un cajón con llave, que cambiaría completamente lo que pasaría después.
Me fui directo a casa, no al departamento en la Ciudad de México donde vivía desde hacía veintiséis años, un dos recámaras en la colonia Portales, renta controlada, ventana que daba a los ejes viales. Fui para allá, pero no a descansar. Fui a buscar lo que necesitaba.
Al fondo del clóset, detrás de las cajas de zapatos y de un abrigo de lana que raramente usaba, había un archivo de metal gris con combinación. Lo compré en el 2003, cuando me di cuenta de que estaba acumulando demasiados documentos importantes para dejarlos regados.
Abrí el cajón de arriba. Treinta y un contratos de compraventa de inmuebles organizados por fecha, declaraciones de impuestos de los últimos quince años, estados de cuenta de tres bancos diferentes y una carpeta azul gruesa con el nombre de una empresa escrito en la esquina con pluma negra por mi propia mano: RMD Participaciones S.A. de C.V., mis iniciales. Rosa María Duarte.
Todo empezó en 1998, un año después de que murió Eduardo. Yo trabajaba en el comedor de una secundaria pública en la Benito Juárez, ganando un sueldo que apenas cubría la renta, la luz y la leche de Jimena. Cuando sobraba algo, lo metía en una cuenta de ahorros que no daba nada, pero era lo que había.
En un descanso oí a dos maestros hablando sobre una casa en remate en la colonia Guerrero que el banco estaba recuperando. Un inmueble con deuda de predial, estructura dañada, un barrio del que la mitad de la gente se alejaba. El banco quería deshacerse de ella rápido. Precio de venta: 42,000 pesos de aquel entonces. Yo tenía 48,000 en los ahorros, la vida entera de esfuerzo. La compré.
Usé los fines de semana para remodelar. Aprendí a resanar paredes con videos que rentaba. El dueño de la tlapalería de la esquina, un señor llamado don Alfonso, me enseñó a cambiar contactos y a poner piso sin cobrarme nada, con tal de que le comprara el material a él. Jimena se quedaba sentada en la esquina jugando con plastilina mientras yo trabajaba.
Renté las dos unidades a familias de madres solteras como yo. La renta pagaba mi crédito. En tres años compré el segundo inmueble, luego el tercero. Nunca se lo conté a Jimena. No por un secreto malicioso, sino porque quería que ella entendiera el valor de las cosas por lo que cuestan en esfuerzo, no por herencia.
Mi Eduardo creía en eso. Yo creía en eso. El error, me di cuenta demasiado tarde, fue que ella aprendió el valor de las cosas por lo que la sociedad dice que valen. Y la sociedad dice que una cocinera de escuela no vale mucho.
Esa noche, después del baby shower, abrí el archivo e hice lo que no había hecho en años. Calculé todo: treinta y un inmuebles distribuidos entre la CDMX, el Estado de México y Querétaro; dos terrenos en Juriquilla; un local comercial en el Centro Histórico que le rentaba a un consultorio médico. Renta mensual neta: 180,000 pesos. Patrimonio estimado: 22 millones.