—Toma.
—No tengo sed.
—Camila.
Ella miró el vaso como si fuera una trampa. Luego bebió un sorbo.
Diego se arrodilló junto a la cama, bajando la voz.
—Yo no soy él.
El rostro de Camila se quedó quieto.
Por un instante quiso hablar. Diego lo vio. Le tembló la boca, se le llenaron los ojos de algo que parecía rabia y vergüenza al mismo tiempo.
Pero no dijo nada.
—Duerme —murmuró él—. Mañana hablamos.
Salió antes de que ella pudiera negarse.
No volvió a la cama.
Bajó al estudio, encendió una lámpara y abrió la computadora. A las 4:17 llamó a Bruno, su hombre de confianza.
—Necesito todo sobre Rodrigo Fuentes.
—¿Todo, jefe?
—Hospitales. Demandas. Reportes policiales. Archivos sellados. Lo que haya enterrado.
—Eso no sale fácil.
—No pregunté si era fácil.
Hubo silencio.
—¿Para cuándo?
Diego miró hacia el techo, pensando en Camila pidiendo perdón dormida.
—Antes del amanecer.
A las 6:03, Bruno entró con una carpeta gruesa y la cara endurecida.
Diego la abrió.
Primera hoja: ingreso a urgencias. Camila Fuentes, veintiséis años. Muñeca fracturada. Costillas golpeadas. “Paciente refiere caída en cocina”. Nota médica: lesiones incompatibles con explicación.
Segunda hoja: llamada de vecinos por gritos y vidrios rotos. El esposo aseguró que ella había tomado y cayó por las escaleras. Ella confirmó. Sin arresto.
Después otra visita al hospital. Conmoción cerebral. Labio partido. Moretones en brazos.
Y otra.
Y otra.
Diego leyó hasta que las palabras dejaron de ser documentos y se volvieron golpes.
Cuando cerró la carpeta, tenía los nudillos blancos.
—¿Dónde está? —preguntó.
—En Ciudad de México. Llegó ayer. Hotel en Polanco.
Diego levantó la mirada.
—¿Sabe que Camila vive aquí?
Bruno dudó.
—Creemos que sí.
En ese momento, arriba se escuchó un golpe seco.
Luego la voz de Camila.
—¡No! ¡Suéltame!
Diego salió corriendo.
Y cuando llegó a la entrada principal, vio a Camila descalza, pálida, con un ramo de rosas negras en las manos y una tarjeta que decía: “Sigues siendo mía”.
No podía creer lo que estaba a punto de pasar…
PARTE 2
Camila dejó caer el ramo como si quemara.
Diego tomó la tarjeta del suelo. Solo tres palabras, escritas con letra elegante, bastaron para cambiar el aire de toda la casa.
Sigues siendo mía.
—¿Cómo entró esto? —preguntó Diego, con una calma peligrosa.
Uno de los guardias bajó la mirada.
—Lo dejaron en la caseta, señor. Venía a nombre de la señora.
Camila abrazó su propio cuerpo.
—Te dije que no iba a parar.
Diego giró hacia ella.
—¿Por qué no me dijiste la verdad?
Ella soltó una risa amarga.
—¿Cuál verdad? ¿La que nadie quiso escuchar? ¿La que mis abogados convirtieron en silencio? ¿La que mi propia mamá me pidió esconder porque “un divorcio feo arruina a una mujer”?
Diego se quedó callado.
Camila tenía los ojos llenos de lágrimas, pero no lloraba.
—Rodrigo no solo me pegaba. Me enseñó a dudar de mí. Me decía loca, exagerada, ingrata. Rompía cosas y luego me obligaba a decir que yo las había tirado. Me encerraba en el baño hasta que le pidiera perdón. Y cuando por fin me fui, compró mi silencio.
—Yo puedo protegerte.
—Ese es el problema —respondió ella—. Todos quieren decidir por mí. Rodrigo decidía con violencia. Tú decides con poder.
La frase le pegó a Diego donde ninguna bala había logrado entrar.
—Tienes razón —dijo.
Camila parpadeó, sorprendida.