Ella susurró “Por favor, no me pegues” mientras dormía; al amanecer, su esposo mafioso ya lo había descubierto todo.

—No debí investigar sin preguntarte. No debí tratar tu dolor como un problema que se resuelve con contactos y amenazas.

—Entonces no hagas nada.

Diego miró la tarjeta.

—No puedo prometer eso.

Esa noche, Diego se reunió con Rodrigo en una bodega abandonada cerca de Vallejo. Rodrigo llegó vestido con traje azul marino, perfume caro y sonrisa de hombre intocable.

—Diego Salazar —dijo—. Pensé que los rumores sobre ti eran exagerados.

—Los rumores suelen quedarse cortos.

Rodrigo sonrió más.

—¿Esto es por Camila? Qué pena. Siempre fue dramática.

Diego dio un paso al frente.

—Vas a salir de su vida. Hoy.

—¿Perdón?

—No llamadas. No flores. No mensajes. No amigos preguntando por ella. No aparecerte en ningún lugar donde ella respire.

Rodrigo soltó una carcajada.

—Te vendió muy bien su papel de víctima, ¿no? Camila siempre supo llorar en el momento correcto.

Diego le lanzó una copia del reporte médico al pecho.

—También supo callarse cuando le rompiste la muñeca.

La sonrisa de Rodrigo desapareció.

—Eso es privado.

—Ya no.

—No tienes idea de con quién te estás metiendo.

Diego se acercó hasta quedar a centímetros.

—Tú tampoco.

Rodrigo tragó saliva, pero no retrocedió.

—Ella nunca va a quererte. Las mujeres como Camila no saben amar. Solo buscan quién las rescate.

Diego apretó la mandíbula.

—Camila no necesita rescate. Necesita que la dejen vivir.

Al amanecer, Diego volvió a casa. Camila estaba en la cocina, con una taza de café intacta entre las manos.

—¿Lo mataste? —preguntó.

—No.

—¿Lo golpeaste?

—Menos de lo que quise.

Ella cerró los ojos.

—Diego…

—Le advertí que se alejara.

—Entonces lo provocaste.

—Lo protegí de mí.

Camila lo miró con cansancio.

—Rodrigo no pierde. Si se siente humillado, va a hacer algo peor.

Diego no alcanzó a responder.

Su teléfono sonó.

Era Bruno.

—Jefe, tenemos un problema. La señora Esperanza salió a misa y no regresó.

Diego sintió que el mundo se le congelaba.

Esperanza Salazar, su abuela, la única persona que le hablaba como si aún fuera un niño y no un hombre temido, había desaparecido.

El celular de Camila vibró al mismo tiempo.

Un video.

En la pantalla, Esperanza estaba sentada en una silla, amarrada, furiosa pero viva. Detrás de ella, Rodrigo sonreía.

—Camila —decía él—. Ven sola. Si traes a tu esposo, su abuelita paga por tus errores.

Camila se llevó una mano a la boca.

Diego vio por primera vez el miedo volverle al rostro.

Y esta vez no era por ella.

Era por todos.

La última imagen del video mostró una pistola sobre la mesa, junto a otro ramo de rosas negras.

Y Camila entendió que para terminar con Rodrigo tendría que enfrentarlo cara a cara.