PARTE 1
“Dios se los llevó porque sabía la clase de madre que eras.”
Mi suegra me lo susurró al oído mientras los dos ataúdes blancos de mis bebés descansaban frente al altar de la iglesia de San Judas, en Guadalajara. Eran tan pequeños que parecía imposible que ahí cupiera todo mi mundo.
Mateo y Valentina tenían apenas diez meses.
La capilla olía a rosas, cera derretida y madera mojada por la lluvia. Afuera, la gente murmuraba bajo los paraguas; adentro, todos fingían dolor con esa solemnidad que se usa cuando no se sabe qué decir. Yo llevaba tres noches sin dormir. El vestido negro me quedaba flojo, como si el luto también me hubiera vaciado los huesos.
Mi esposo, Alejandro, estaba a mi lado con la mirada perdida en el piso. No lloraba. No hablaba. Solo respiraba como si estuviera esperando que todo terminara.
Del otro lado estaba su madre, doña Teresa, impecable, con velo negro, labios pintados y ojos secos.
Todos decían que era una mujer fuerte.
Yo sabía que era una mujer peligrosa.
Se inclinó hacia mí otra vez, tan cerca que sentí su perfume caro mezclarse con el incienso.
“El Señor no se equivoca, Mariana”, murmuró. “Él sabía que tú no servías para criar a esos niños.”
Sentí que algo se rompía dentro de mí.
Volteé despacio. Mi voz salió quebrada, apenas un hilo.
“Por favor… cállese. Solo por hoy.”
La iglesia quedó en silencio.
Doña Teresa endureció la cara en un segundo. Luego su mano me cruzó el rostro con tanta fuerza que me hizo tambalear. Antes de que pudiera reaccionar, me sujetó del brazo y me empujó contra el ataúd de Mateo. Mi frente golpeó la madera blanca.
Alguien ahogó un grito.
Pero nadie se acercó.
Doña Teresa sonrió hacia los demás, como si me estuviera sosteniendo para que no cayera. Sus dedos se clavaron en mi piel.
“Vuelve a abrir la boca”, me susurró, “y vas a terminar junto a ellos.”
Entonces Alejandro por fin reaccionó.
Pero no contra ella.