PARTE 3
Los golpes sonaron otra vez, más fuertes.
“Policía Ministerial. Abra la puerta.”
Alejandro intentó pasar frente a mí, pero levanté la mano.
“Mariana”, advirtió.
No me moví.
Abrí la puerta.
Dos agentes entraron con Vanessa detrás, el cabello húmedo por la lluvia y una carpeta gruesa contra el pecho. No miró a Alejandro como a un viudo. No miró a doña Teresa como a una abuela.
Los miró como sospechosos.
“Alejandro Ibarra”, dijo uno de los agentes, “tenemos una orden de cateo.”
Doña Teresa soltó una risa ofendida.
“Mi nuera está mal de la cabeza. Desde que nacieron esos niños—”
Vanessa la interrumpió.
“Señora Teresa, le recomiendo guardar silencio.”
Alejandro me tomó de la muñeca con fuerza.
“Diles que estás confundida.”
Miré sus dedos apretando mi piel, la misma mano que un día sostuvo a Mateo en el hospital.
“No.”
El cateo duró menos de una hora.
En el estudio de Alejandro encontraron una caja fuerte escondida detrás de un librero: pólizas de seguro, celulares desechables, comprobantes de transferencias y conversaciones impresas donde hablaban de “fechas convenientes”.
Luego encontraron algo peor en el congelador del cuarto de servicio.
Un bote de fórmula sellado, oculto bajo bolsas de hielo.
Doña Teresa se sentó en cuanto lo vio.
Alejandro empezó a sudar.
“Eso no es nuestro”, balbuceó.
Levanté mi celular.
“Lo mandé analizar después de la primera convulsión de Mateo. Tiene rastros del sedante. Y también sus huellas.”
El silencio cayó sobre la sala como una losa.
Doña Teresa fue la primera en reaccionar.
“No puedes probar intención”, escupió. “Los niños se enferman. Las madres fallan.”
Vanessa me miró.