PARTE 1
“Si vas a fingir que no pasó nada, entonces también vas a fingir que no me debes una explicación.”
Abrí los ojos de golpe, pero esa frase todavía no había sido dicha. Lo primero que entendí fue que ese techo no era el de mi habitación del hotel. Lo segundo me heló la sangre: no traía ropa.
Me quedé inmóvil bajo las sábanas, con el corazón golpeándome el pecho tan fuerte que sentí que me iba a desmayar. Poco a poco levanté la vista… y ahí estaba él.
Mi jefe.
Adrián Salgado.
De pie frente al ventanal de la suite presidencial, con la bata puesta, mirando la ciudad de Monterrey como si fuera una mañana cualquiera. Tan sereno, tan frío, tan imposible de leer como siempre en la oficina. El hombre al que todos en Grupo Salgado respetaban… y al que muchos le tenían miedo.
Yo, en cambio, estaba a punto de morirme de vergüenza.
Yo había reservado una habitación sencilla. Entonces, ¿cómo terminé en la suite más cara del hotel, en la cama de mi jefe, sin recordar claramente qué había pasado la noche anterior?
Me moví apenas bajo las cobijas. Él escuchó.
Se giró sin prisa.
“Ya despertaste”, dijo con esa voz grave que en las juntas hacía callar a directores enteros.
Sentí que me ardía la cara.
“Licenciado… yo…”
Él dejó el cigarro en un cenicero de cristal y, con una calma que me pareció ofensiva, respondió:
“Deberías desayunar. Pedí café y chilaquiles.”
Lo miré como si estuviera loco.
¿Desayunar? ¿En serio estaba hablando de desayuno después de que yo había despertado desnuda en su cama?
Entonces me lanzó algo. Una bata. La atrapé por reflejo y en ese instante noté que su ropa también estaba tirada por la habitación. Mi vestido negro cerca del sillón. Sus zapatos junto a la cama. Mi bolso en el suelo. Su corbata colgando del respaldo de una silla.
No parecía un accidente. Parecía una tormenta.
Me puse la bata temblando y corrí al baño.
“Necesito… lavarme la cara.”
Cerré con seguro y me sostuve del lavabo como si el piso se moviera. Abrí la llave y me eché agua helada una y otra vez. Al levantar la mirada, mi reflejo me dio más miedo que cualquier recuerdo borroso: el cabello revuelto, los labios hinchados, y unas marcas rojizas en el cuello que no podían explicarse solas.
Se me doblaron las piernas.
Era real.
Me obligué a respirar y traté de reconstruir la noche. La cena con los inversionistas. Las copas que me servían sin parar. Adrián apartando discretamente un vaso de mi mano. El elevador. Su mano en mi cintura. Mi miedo. Mucho miedo.
¿Miedo de qué?
Entonces una imagen me atravesó la cabeza: la puerta de mi habitación entreabierta. El cajón de mis documentos fuera de lugar. Una sombra en el pasillo.
Salí del baño sintiendo que me iba a romper por dentro. Adrián estaba sirviendo café, tan compuesto como si no acabara de destruir mi vida entera.
Tragué saliva.
“Licenciado… lo mejor sería fingir que no pasó nada. Yo no voy a hacer un escándalo.”
Por primera vez cambió su expresión.
No fue alivio. No fue indiferencia.
Fue algo más duro. Más personal.
Cruzó la suite en dos pasos, me sujetó la muñeca y, mirándome fijo, dijo en voz baja:
“¿Nada? ¿De verdad eso es lo que crees después de anoche? ¿Vas a salir huyendo y dejarme toda la responsabilidad?”
Responsabilidad.
Esa palabra me cayó como una bofetada.
Porque en ese instante entendí que aquello no olía a error… sino a algo mucho peor.
No podía creer lo que estaba a punto de pasar…