En mi revisión del embarazo, la doctora, pálida, preguntó: “¿Quién fue tu doctor anterior?” Respondí: “Mi esposo, doctora, porque él también es ginecólogo”. De inmediato, entró en pánico: “¡Necesitamos pruebas, ya!” Au

Fui a una nueva ginecóloga para una revisión de mi embarazo. Se quedó mirando la pantalla del ecógrafo y luego me miró pálida.

—¿Quién fue el médico que llevó sus revisiones anteriores?

—Mi marido, doctora, también es ginecólogo.

—Necesito hacerle algunas pruebas de inmediato. Este objeto que estoy viendo no debería estar ahí —dijo la doctora alarmada.

Me quedé en shock.

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Lucía sintió que este embarazo era diferente, no solo porque era el primero, sino por la forma en que su marido, Javier, la trataba, como si fuera una rara pieza de porcelana que temía que se agrietara. Javier era ginecólogo y, al principio, Lucía pensó que era una bendición. No había necesidad de buscar a otro médico.

Javier se encargaba de todo: las vitaminas, los horarios de las comidas, incluso la temperatura del aire acondicionado en su dormitorio. Al principio, Lucía se sintió cuidada, pero al entrar en el séptimo mes, ese cuidado empezó a sentirse como vigilancia.

Javier insistía en realizar todas las ecografías él mismo, en su estudio privado, alegando privacidad.

—No quiero que otro hombre te vea, cariño —dijo una vez.

Y Lucía, enamorada, lo encontró romántico.

Sin embargo, había otra sombra que inquietaba a Lucía: su suegra, Carmen. Carmen era la imagen de la matriarca perfecta en público, pero había algo extraño en ella cuando estaban a solas. Venía casi a diario con un tónico de hierbas de olor extraño, insistiendo en que Lucía debía beberlo.

—Es para la salud del feto —decía.

Lo que más incomodaba a Lucía era la forma en que Carmen le tocaba el vientre. No era el toque de una abuela cariñosa, sino algo que se sentía como una tasación.

—Me pregunto cuánto valdrá este activo del nieto —murmuró Carmen una tarde, con los ojos fijos en el vientre de Lucía, en una fría concentración—. Es nuestro activo más valioso.

La palabra activo resonó en los oídos de Lucía. No una bendición, no un regalo, sino un activo, como acciones o bienes inmuebles. La inquietud creció. Javier siempre lo desestimaba, diciendo que las hormonas la estaban volviendo demasiado sensible, pero Lucía sabía que no estaba alucinando. Algo iba mal. Quería una confirmación de otra persona, una perspectiva neutral.

Con manos temblorosas, Lucía concertó una cita en una clínica en las afueras de la ciudad. Usó un nombre falso y pagó en efectivo, consultando a la Dra. Morales, una especialista en medicina maternofetal muy recomendada en una comunidad de madres. Le mintió a Javier, diciéndole que iba a una reunión con viejas amigas de la universidad. La culpa la carcomía, pero el miedo era mucho mayor.

La clínica de la Dra. Morales era diferente del sombrío estudio de Javier. Era luminosa y limpia, y el personal era amable. Lucía se relajó un poco. La Dra. Morales era una mujer de mediana edad, profesional y serena. Lucía explicó que solo quería una segunda opinión para su tranquilidad, añadiendo que le gustaría hacerse una ecografía 4D para el álbum del bebé.

La Dra. Morales sonrió comprensivamente.

—Bueno, echemos un vistazo a ese bebé —dijo amablemente.

Lucía se recostó. Le aplicaron el gel frío en el vientre. Una imagen en blanco y negro comenzó a formarse en la gran pantalla frente a ella. El latido del corazón del feto llenó la habitación, fuerte y rítmico.

—Es muy activo —dijo Lucía, con lágrimas de alivio asomando a sus ojos.

El bebé estaba sano. Quizás solo estaba siendo paranoica. La Dra. Morales sonrió.

—Sí, Lucía, el bebé está muy sano. Un corazón fuerte, la columna vertebral recta. Perfecto.

La doctora movió la sonda, midiendo la circunferencia de la cabeza y la longitud del fémur. Lucía empezó a relajarse y a disfrutar del momento, pero de repente la sonrisa desapareció del rostro de la Dra. Morales. Volvió a mover la sonda hacia un punto, un punto alejado de la imagen del feto. Su expresión se volvió seria. Pulsó unos botones, ampliando la imagen en su propio monitor. Luego, con un movimiento rápido, apagó la pantalla de Lucía.

—¿Qué pasa, doctora? —preguntó Lucía, con el corazón comenzando a latir con fuerza—. ¿Está bien nuestro bebé?

—Su bebé está bien —respondió la Dra. Morales, pero su voz era tensa.

Dejó la sonda de la ecografía y miró fijamente a Lucía. Un silencio sofocante llenó la habitación.

—¿Quién fue el médico que la examinó anteriormente? —preguntó la Dra. Morales en voz baja, pero firme.

Lucía estaba desconcertada por el repentino cambio de ambiente.

—Mi marido, el Dr. Javier, también es ginecólogo, y su madre, Carmen, me ha estado ayudando mucho.

La Dra. Morales guardó silencio. Volvió a mirar su monitor como si no pudiera creer lo que estaba viendo. Parecía pálida. Se levantó de su asiento con las manos temblando ligeramente.

—Lucía —dijo, con la voz ahora alarmada y urgente—, necesito hacerle algunas pruebas de inmediato: un análisis de sangre completo y programaré una resonancia magnética lo antes posible.

Lucía empezó a entrar en pánico.

—¿Por qué, doctora? ¿Qué es? ¿Es cáncer? ¿Un tumor?