—Necesito verla 1 vez más —dijo, con la voz quebrada.
El hombre del traje oscuro dudó por 1 segundo.
—Señor Mateo, comprendo su dolor, pero por protocolo...
—1 última vez —repitió el esposo, endureciendo el tono—. Por favor.
Se hizo 1 silencio incómodo, pesado, que llenó toda la habitación. Finalmente, con extrema cautela, 2 empleados destrabaron los seguros y levantaron la tapa. Mateo sintió que el piso de mármol desaparecía bajo sus pies. Valeria estaba ahí. Lucía hermosa de 1 manera cruel y devastadora, como si simplemente estuviera tomando una siesta en un lugar donde él ya no tenía permitido alcanzarla. Llevó 1 mano a su boca, intentando sofocar el llanto que amenazaba con desgarrarle la garganta, y acercó su rostro al de ella.
Fue en ese microsegundo cuando lo vio.
El vientre abultado bajo el vestido negro se movió.
Fue un movimiento minúsculo. Casi imperceptible. Pero ocurrió.
Mateo se quedó petrificado. Parpadeó 3 veces rápidas, convencido de que la desesperación y la falta de sueño estaban jugándole una broma macabra a su mente. Quizás era solo el reflejo caprichoso de la luz de las velas. Quizás era la sombra de 1 de los empleados pasando por detrás. Quizás era simplemente su propio corazón roto inventando 1 milagro absurdo para no terminar de volverse loco.
Y entonces, sucedió de nuevo.
1 movimiento claro. 1 pequeño ritmo empujando la tela. 1 latido visual. Vivo.
Los ojos de Mateo se abrieron de par en par, inyectados en adrenalina pura.
—¡Alto! —gritó con una fuerza que hizo eco en las paredes, girando violentamente hacia los encargados—. ¡Paren todo ahora mismo!
Los presentes dieron un salto por el susto.
—¿Señor? —preguntó el encargado, confundido.
—¡Su vientre se acaba de mover!
Iban a cremar a su esposa embarazada, pero él suplicó abrir el ataúd una última vez: cuando el vientre de ella se movió, detuvo todo sin imaginar el escalofriante secreto familiar que estaban a punto de descubrir