Sergio sintió que esa frase le dolía más que todo lo demás.
—Ya estaba en esto —respondió—. Solo que no lo estaba viendo.
Camila dejó escapar una pequeña risa rota.
—Intenté decírtelo.
—Lo sé.
—Pero cada vez que empezaba… tú decías que tu mamá era así, que no lo hacía con mala intención.
Sergio bajó la mirada.
Recordó cada una de esas conversaciones.
Cada vez que había minimizado.
Cada vez que había elegido la versión cómoda de la realidad.
—Pensé que podía aguantar —continuó Camila—. Que solo eran unas semanas. Que después se iría.
—¿Y esto… desde cuándo?
Camila dudó.
—Desde casi el principio.
La respuesta cayó pesada.
No era un incidente.
No era un mal día.
Era un patrón.
—¿Por qué no te fuiste? —preguntó Sergio, sin darse cuenta del filo en su voz.
Camila lo miró.
Y en su expresión había algo que lo obligó a entender antes de que ella hablara.
—Porque es tu casa —dijo—. Porque es tu mamá. Porque acababa de tener a nuestro hijo. Porque no tenía fuerzas ni para levantarme, mucho menos para pelear.
Sergio sintió vergüenza.
No de ella.
De sí mismo.
—Perdón —dijo.
La palabra salió torpe, insuficiente.
Camila negó despacio.
—No sé si eso alcanza.
Y tenía razón.
Porque no se trataba de una disculpa.
Se trataba de lo que iba a pasar ahora.
Desde el pasillo, se escuchó un leve ruido.
Patricia no estaba lejos.
Nunca lo estaba.
Sergio miró hacia la puerta.
Luego volvió a Camila.
Y ahí llegó el momento.
El que no podía posponerse más.
El que no tenía respuesta correcta.
Si enfrentaba a su madre, rompía algo que había definido su vida entera.
Si no lo hacía, perdía a su esposa de una forma que no se arreglaba después.
No había forma de salir limpio.
—¿Quieres que se vaya? —preguntó.
Camila no respondió de inmediato.
Miró a Mateo en la cuna.
Luego a Sergio.
—Quiero sentirme segura en mi propia casa.
No pidió venganza.
No pidió castigo.
Pidió algo básico.
Y eso lo hizo aún más difícil.
Porque Sergio ya no podía esconderse detrás de extremos.
No se trataba de echar a su madre con violencia.
Se trataba de poner un límite que nunca había puesto.
Y eso era algo que no sabía hacer.
Respiró hondo.
Se acercó a la puerta.
La abrió.
Patricia estaba ahí.
De pie.
Esperando.
Como si hubiera sabido que ese momento llegaría.
—¿Ya terminaron? —preguntó.

Sergio la miró.
Y por primera vez en su vida, no vio a su madre.
Vio a la persona que había lastimado a su familia.
—Tenemos que hablar —dijo.
