Eran las mismas flores que le había regalado a Renata cuando le pidió matrimonio. En aquel entonces, ella lloró. O eso creyó él. Ahora, al recordar esa escena, no estaba seguro de haber entendido nunca sus lágrimas.
Compró el ramo y volvió al taxi con una idea simple. Entraría a casa, abrazaría a Valentina, hablaría con Renata y pediría perdón por haber estado ausente incluso cuando decía que todo lo hacía por ellas.
Pero al acercarse a la mansión, algo rompió esa idea. Había música. No música suave de fondo, sino música de fiesta, alta, elegante, calculada para impresionar sin parecer vulgar.
Después vio los autos. Varios vehículos de lujo estaban alineados frente a la entrada. Alejandro reconoció algunos modelos de empresarios, amigas de Renata y parejas que solían aparecer en cenas donde todos fingían cariño y medían poder.
Nadie le había mencionado una fiesta. Renata no había dicho una palabra. Valentina tampoco. La casa que él esperaba encontrar tranquila estaba llena de gente celebrando algo que él no conocía.
Pidió al taxista que lo dejara una cuadra antes. Caminó con el ramo en la mano. Cada paso le pareció más pesado que el anterior. La noche estaba tibia, pero los dedos se le enfriaron.
Entró por la puerta de servicio porque conocía el camino desde los años en que todavía llegaba sin comitiva. La cocina estaba encendida, llena de vapor, platos, cuchillos trabajando sobre tablas y órdenes susurradas a toda prisa.
Entonces Maricela lo vio.
La charola se le escapó de las manos. Los vasos cayeron al piso de mármol y se rompieron en un sonido limpio, brutal, imposible de disimular. La cocina entera pareció quedarse sin aire.
Dos meseros dejaron de moverse. La cocinera principal miró hacia el pasillo. Un joven de seguridad tensó los hombros. Nadie preguntó por qué el dueño de la casa acababa de entrar como un intruso.
Alejandro levantó una mano para tranquilizarlos, pero Maricela llegó antes. Le cubrió la boca con una desesperación que no parecía falta de respeto. Parecía miedo verdadero, miedo viejo, miedo que había aprendido a sobrevivir.
“Señor, no haga ruido… si su esposa lo escucha, su hija no sale viva de esta casa.”
Alejandro sintió que aquellas palabras le atravesaban la piel. No eran una exageración de sirvienta nerviosa. No eran chisme. Maricela temblaba como alguien que ya había visto demasiado y seguía intentando evitar lo peor.
ACTO III — EL CUARTO DE VALENTINA
Maricela lo llevó por la escalera de servicio. Cada peldaño parecía separar dos mundos: abajo, las risas, el champán, el perfume caro; arriba, un silencio tan denso que Alejandro escuchó su propia respiración.
Quiso preguntarle todo. Qué pasaba, desde cuándo, quién estaba involucrado. Pero Maricela solo negó con la cabeza y señaló hacia el pasillo. Sus ojos estaban llenos de lágrimas que no se permitía soltar.
El segundo piso estaba casi apagado. Eso le pareció absurdo. En una casa llena de invitados, el cuarto de su hija debía tener luz, vida, movimiento. En cambio, parecía una habitación cerrada antes de una despedida.
Se detuvieron frente a la puerta de Valentina. Estaba entreabierta. Por la rendija salía una línea de luz amarilla, débil, temblorosa, como si una lámpara pequeña estuviera peleando sola contra la oscuridad.
“No entre todavía”, dijo Maricela. “Mire primero.”