La Carta Que Su Hija Escondía Cambió La Fiesta De Renata Para Siempre

Esa noche, en su hotel de Madrid, Alejandro no durmió bien. El aire acondicionado sonaba demasiado fuerte, la cama era demasiado grande y el teléfono sobre la mesa parecía esperar una verdad que él no se atrevía a pedir.

Al amanecer, cambió su vuelo sin avisar. No llamó a Renata. No avisó a sus asistentes. No pidió chofer. Por primera vez en mucho tiempo, hizo algo sin convertirlo en agenda.

ACTO II — LAS SEÑALES

Cuando aterrizó en la Ciudad de México, pidió un taxi común. El conductor no lo reconoció. Eso le pareció un alivio. Miró por la ventana mientras la ciudad avanzaba con su ruido de claxon, vendedores, motores y tarde caliente.

Antes de llegar a Lomas de Chapultepec, pidió detenerse en Polanco. Entró a una florería pequeña, donde el aire olía a tallos cortados, agua fría y pétalos frescos. Eligió rosas blancas sin pensarlo mucho.