Victoria soltó una risa seca.
—¿Perdón por qué? Si ni la conoces.
Paulina alzó la cara. Estaba pálida.
—La conozco ahora.
Esa frase hizo que Victoria perdiera por fin la sonrisa.
Cargué a mi madre con cuidado. Pesaba menos de lo que recordaba. Sus huesos se sentían cerca de la piel, como si esos meses bajo el mismo techo le hubieran quitado años de vida. La senté en la silla y le limpié la mano con mi pañuelo.
—Llama al doctor Mendiola —le dije a Paulina—. Y dile a Roberto que venga con los documentos.
Victoria frunció el ceño.
—¿Qué documentos?
No contesté.
Saqué mi celular. Tenía quince llamadas perdidas de mi asistente, pero marqué otro número. El del jefe de seguridad de la casa.
—Rafael, quiero las cámaras del patio, la cocina, el pasillo y la sala. De los últimos tres meses. Ahora.
Victoria dejó la copa sobre la mesa con demasiado cuidado.
—No puedes grabarme en mi propia casa.
La miré.
—No es tu casa.
Dolores soltó una risita.
—Por favor, Esteban. No digas tonterías de niño berrinchudo. Esta mansión la compraste después de casarte.
—La compré antes de casarme.
Victoria abrió la boca.
—Y la puse en un fideicomiso.
Mi madre me miró entonces, confundida. Sus dedos manchados de arroz temblaban sobre el chal de Paulina.
—¿Qué fideicomiso, mijo?
No respondí todavía. No frente a ellas. No mientras mi madre seguía sentada junto a las perreras.
La llevé a la recámara principal, no al cuarto pequeño que Victoria le había asignado junto al área de servicio. Cuando abrí la puerta, mi madre se detuvo.
—No, mijo. Ahí duerme tu esposa.
—Hoy duermes tú.
La cama estaba intacta, cubierta con sábanas blancas italianas que costaban más que la renta anual de la vecindad donde crecí. Senté a mi madre ahí. Le quité los huaraches con cuidado. Tenía los pies hinchados.
El doctor llegó veintiséis minutos después. Le tomó la presión, revisó sus pupilas, preguntó cuánto había tomado de agua. Mi madre respondió con vergüenza, como si estar deshidratada fuera una falta de educación.
—Necesita atención, descanso y comida real —dijo él, mirándome a mí, no a Victoria—. Y no debe volver a pasar una noche sin supervisión médica.
Victoria, parada en la puerta, cruzó los brazos.
—Doctor, no exagere. Solo se cayó.
El doctor guardó el baumanómetro.
—Señora, una caída no explica desnutrición.
Por primera vez, Victoria no tuvo frase lista.
Esa noche no dormí.
Rafael me mandó los videos a las 2:18 de la madrugada. Me senté en el despacho con una taza de café de olla frío y los fui abriendo uno por uno.
Vi a Victoria ordenar que mi madre comiera en el patio.
Vi a Dolores quitándole una cobija.
Vi a una empleada intentando llevarle sopa y a Victoria detenerla con una mano.
Vi a mi madre lavar tazas con las manos torcidas de artritis mientras en la sala se reían.