La esposa del millonario humilló a su suegra sin saber quién era dueña de la casa

La miré. Tenía arroz pegado en la muñeca. En su cuello había una marca roja, fina, donde Dolores había jalado el rebozo. Sus labios estaban partidos.

—¿Cuándo comiste por última vez?

Mi madre cerró los ojos.

Victoria respondió por ella:

—Comió al mediodía.

—No te pregunté a ti.

Margarita tragó saliva.

—Ayer, mijo.

El aire del patio se quedó duro.

Paulina regresó con una silla, pero no la puso cerca de Victoria. La puso junto a mí. Después se quitó el chal blanco de los hombros y lo colocó sobre mi madre.

—Señora Margarita… perdón —susurró.