La hija que pagó dos años de cárcel por su hermano llegó a la puerta familiar, y su cuñada embarazada la recibió con alcohol, desprecio y una traición imposible de perdonar.

Toqué la puerta con la mano temblando.

Mi mamá abrió y fingió sorpresa.

—¡Isabela! Hija, ya llegaste… te ves muy flaca.

Quise abrazarla, pero Lucía apareció con una botella de alcohol y me roció de pies a cabeza.

—No te ofendas —dijo, tapándose la nariz—. Es para quitarte la mala vibra de la cárcel.

Entré en silencio. Fui directo a mi cuarto, el único lugar que me sostuvo en la memoria durante las noches más duras. Pero al abrir la puerta encontré cajas viejas, ropa de bebé, trastes rotos y bolsas de basura. Mis fotos, mis libros, mis cartas, mis recuerdos… todo había desaparecido.

—¿Y mis cosas? —pregunté.

Mi papá ni siquiera se levantó del sillón.

—Lucía está embarazada. Necesita espacio para el bebé. Tus cosas ya no servían.

—¿Y dónde voy a dormir?

Mi mamá sacó dos billetes de quinientos pesos y los puso sobre la mesa.

—Busca un hotelito. Ya eres grande.

Miré a Diego. Él evitó mis ojos.

—Hermano… ¿tú también quieres que me vaya?

Por un segundo pareció dudar.

—Isa, entiéndenos. La casa está a mi nombre ahora. No podemos cargar contigo.

Lucía se acarició la panza y soltó la frase que me dejó sin aire:

—Antes servías porque traías dinero. Ahora solo eres una vergüenza.

No podía creer lo que iba a pasar después…