La hija que pagó dos años de cárcel por su hermano llegó a la puerta familiar, y su cuñada embarazada la recibió con alcohol, desprecio y una traición imposible de perdonar.

PARTE 2

—¿Vergüenza? —repetí, sintiendo cómo me ardían los ojos—. Diego, la vergüenza deberías sentirla tú. El que mató a ese hombre fuiste tú.

La sala quedó muda.

Mi mamá apretó los labios. Mi papá bajó la mirada. Lucía soltó una risa nerviosa.

—Ay, Isabela, no empieces con tus dramas de cárcel —dijo ella—. Tú aceptaste. Nadie te obligó.

Me acerqué a Diego.

—¿Ya se te olvidó cómo me rogaste? ¿Cómo llorabas diciendo que no sobrevivirías en prisión? Vendí mi coche, perdí mi trabajo, pagué parte de la indemnización y aguanté dos años para protegerte.

Diego se levantó, rojo de coraje.

—Ya te di las gracias. ¿Qué más quieres? ¿Que te mantengamos toda la vida?

Esa frase me terminó de despertar.

Saqué mi mochila del suelo, la única cosa que traía conmigo, y caminé hacia la puerta. Antes de salir, mi mamá intentó suavizar la voz.

—Hija, no lo tomes así. Solo queremos que aprendas a valerte por ti misma.

La miré por última vez.

—Ustedes me enseñaron algo mejor: no volver a sacrificarme por gente que me usaría como tapete.

Me fui sin mirar atrás.

Esa noche renté una habitación en un hotel del Centro. Me senté en la cama, todavía oliendo a alcohol barato, y abrí la aplicación del banco. Ahí estaban: diez millones de pesos.

Una cantidad que mi familia jamás imaginó.

Tres meses antes de salir, durante una jornada de reinserción en la prisión, hubo un incendio en el área de visitas. Entre gritos y humo, escuché que alguien decía que Sofía Ramírez, la hija del empresario más poderoso de Monterrey, seguía atrapada en una oficina.