La única persona que lo miraba con ternura era Marisol. Cuando nadie la veía, le dejaba pan dulce en una servilleta, le acomodaba el cabello o le dibujaba caritas sonrientes en su libreta. Mateo nunca hablaba, pero sus ojos seguían a Marisol como si ella fuera la única luz verdadera de aquella casa enorme.
Aquella tarde, doña Ángela subió a su recámara para prepararse. Abrió su cofre de madera tallada, buscando el collar de esmeraldas que había pertenecido a su abuela. Quería usarlo esa noche para causar envidia entre sus invitadas. Pero al levantar la tapa, se quedó helada. El estuche estaba abierto y vacío.
Primero pensó que lo había movido. Revolvió cajones, cajas, perfumes, pañuelos. Nada. El collar había desaparecido.
Su grito bajó por las escaleras como un trueno.
Marisol estaba en la cocina cuando doña Ángela entró hecha una furia. La tomó del brazo con tanta fuerza que la muchacha soltó una charola.
—¿Dónde está? —rugió—. ¿Dónde escondiste mi collar?
Marisol abrió los ojos, negó con desesperación y llevó las manos al pecho. Intentó explicar con señas que no sabía nada, que no había tocado el cofre, que jamás robaría. Pero doña Ángela no quería entender.
—No te hagas la inocente —escupió—. Eres muda, no santa.
La arrastró hacia la puerta del sótano. Nadie se atrevió a intervenir. Los empleados agacharon la mirada. Solo Mateo, desde el pasillo, dejó caer su canica y siguió a las dos mujeres descalzo, en silencio.
Abajo, el sótano olía a humedad, vino viejo y cemento fresco. Al fondo había una antigua despensa que estaba siendo remodelada. Los albañiles habían dejado ladrillos, arena y sacos de mezcla para terminar el trabajo al día siguiente.
—Aquí vas a confesar —dijo doña Ángela, empujando a Marisol contra una mesa de piedra.
Marisol lloraba sin sonido. Sacó su libreta del bolsillo y escribió con manos temblorosas: “Yo no robé nada”.
Doña Ángela le arrebató la libreta y la tiró al suelo.
—¡Mentira!
La bofetada resonó contra las paredes. Marisol, asustada, intentó apartarse. Su mano tocó el brazo de doña Ángela apenas un segundo, pero la mujer lo tomó como una ofensa imperdonable.
—¿Te atreves a tocarme?