La empujó con violencia. Marisol perdió el equilibrio. Su cabeza golpeó la esquina de la mesa de piedra y luego cayó al piso de cemento. El sonido fue seco, horrible.
Doña Ángela se quedó inmóvil.
—Levántate —ordenó, pero la voz le temblaba.
Marisol no se movió. Un hilo de sangre comenzó a extenderse bajo su cabello oscuro. Doña Ángela se agachó, le tocó la muñeca, no supo encontrar pulso. El pánico le cerró la garganta.
—La maté —susurró.
Arriba, los invitados llegarían en menos de una hora. Si llamaba a la policía, su nombre, su fortuna, su vida entera quedarían destruidos. Miró el hueco de la antigua despensa. Vio los ladrillos. El cemento. Y una idea monstruosa nació en su mente.
No sabía que Mateo estaba en la escalera, escondido en la oscuridad, mirando todo.
Aquella noche, mientras la música sonaba arriba y las risas llenaban el jardín, doña Ángela bajó varias veces al sótano. Cubrió el cuerpo de Marisol con una manta, lo arrastró hasta la despensa y levantó un muro torpe, apresurado, con manos temblorosas. Cuando terminó, el amanecer ya comenzaba a pintar de gris las ventanas. Lavó la sangre como pudo y subió a la casa, convencida de que había sellado su crimen para siempre.
A la mañana siguiente, llegó el inspector Ramiro Ortega. Doña Ángela, vestida de negro y con un pañuelo en la mano, fingió tristeza.
—Marisol se robó mi collar y huyó durante la fiesta —dijo—. Era una muchacha ingrata. Le di trabajo cuando nadie la quería.
El inspector la observó en silencio.
—Nadie la vio salir —respondió—. Ni por la entrada principal ni por el camino trasero.
—Entonces escapó por el monte. Conocía la hacienda.
El inspector no parecía convencido, pero no tenía pruebas. Prometió seguir investigando y se marchó.
Doña Ángela cerró la puerta con alivio. Pero ese alivio murió cuando vio a Mateo arrodillado frente a la puerta del sótano, con la oreja pegada a la madera.
—¡Aléjate de ahí! —gritó.
El niño no lloró. Solo la miró y señaló la puerta.