Al pie de la hoja, una sola frase:
“Ahí escondí lo que tu padre nunca pudo tocar.”
Me senté en la cama y escuché mi propio corazón.
En la mesa, junto a la ventana, la libreta de ahorros seguía abierta, manchada de barro, como si hubiera regresado del panteón para llevarme a otro entierro.
No hubo calma esa noche.
Solo una libreta azul, un sobre sellado y la certeza de que mi abuela todavía estaba moviendo piezas desde algún lugar que mi papá no sabía ver.