Cuando Maribel terminó de marcar, no apartó la mano del teléfono. Se quedó de pie detrás del mostrador, con la espalda recta y la cara tan blanca que parecía no pertenecerle. A mí me dejaron plantada frente a la ventanilla, con el vestido negro pegado a las piernas por la lluvia y la libreta azul apretada entre los dedos como si fuera la última cosa firme en un edificio a punto de caerse.
—No se mueva de aquí, por favor —dijo Maribel sin levantar demasiado la voz.
La puerta automática se cerró con un golpe seco. El sonido del seguro bajando fue peor que un grito. Dos empleados dejaron de teclear. Una gerente salió de una oficina interior con paso rápido, vio la libreta sobre el mostrador y se detuvo en seco. No preguntó de inmediato. Primero miró mi nombre, luego el sello gastado, luego la pantalla de la computadora. Después levantó la vista hacia mí, y en sus ojos vi algo que me heló más que la lluvia: reconocimiento.

—¿Usted es Mariana Salazar? —preguntó.
Asentí.
—¿Y la señora Lupita… era su abuela?
Volví a asentir.
No me dejaron sola ni un segundo. Maribel tomó aire, como si le costara trabajo seguir hablando, y explicó que esa libreta no era un adorno viejo ni una cuenta cualquiera. Había tenido movimientos registrados durante años, pero estaba ligada a una instrucción especial que nadie debía tocar sin una verificación notarial. Lo dijo muy despacio, midiendo cada palabra, y yo solo alcancé a entender que mi papá no había tirado basura sobre un ataúd. Había intentado destruir una llave.