La prueba escondida en el ataúd reveló por qué querían enterrar viva a Valeria

—Viejo imbécil —susurró—. No sabe lo que acaba de hacer.

Yo bajé el hombro y abracé a Valeria con el brazo sano. Mi esposa, cuando vivía, decía que yo era lento para enojarme. Esa noche no me enojé. Mis manos se volvieron firmes, nada más.

—Lo que hice fue abrir una tapa —dije—. Ustedes hicieron todo lo demás.

Daniel miró hacia el bolsillo de mi camisa. El celular viejo de mi esposa seguía grabando. Una luz roja, pequeña, parpadeaba contra la tela negra.

Él la vio.

Y ahí dejó de fingir.

Se lanzó hacia mí, no hacia Valeria. Quiso arrancarme el teléfono del bolsillo. Yo giré el cuerpo para cubrir a la niña. Doña Teresa soltó la charola y gritó desde el pasillo:

—¡Está viva! ¡La niña está viva!

Abajo se oyó un murmullo de gente. Pasos. Una silla arrastrándose. Alguien dijo: «No puede ser». Otra voz empezó a rezar.

Daniel alcanzó mi saco, pero Valeria se metió debajo de mi brazo como un animalito asustado. Doña Mercedes cerró la puerta de golpe con la espalda.