—Nadie sale hasta que arreglemos esto —dijo.
—¿Arreglemos? —preguntó doña Teresa desde el otro lado—. Señora, hay una niña viva en un ataúd.
Mercedes apoyó la frente en la madera de la puerta, respirando despacio.

—Esa niña iba a destruir a su madre —contestó—. Y a mi hijo. Y esta casa.
La sirena se escuchó primero muy lejos, como un hilo agudo entre el tráfico de Coyoacán. Luego subió por la calle. Luego se detuvo frente al edificio.
Daniel retrocedió.
No hacia la puerta.
Hacia la almohada del ataúd.
Yo entendí demasiado tarde que no buscaba los candados. Buscaba otra cosa.
Metió la mano bajo el satén, justo donde yo había encontrado la llave y el papel. Sus dedos palparon la tela con desesperación. La cara se le vació cuando no encontró nada.
—¿Dónde está? —me dijo.
Yo no respondí.
Porque la prueba ya no estaba bajo la almohada.
Cuando Valeria se abrazó a mi cuello, una pieza dura me golpeó el pecho. Era una medallita de la Virgen, cosida por dentro del vestido blanco con hilo transparente. Al tocarla, noté que pesaba demasiado. No era una medalla normal. Tenía una ranura mínima en la parte de atrás.
Mi esposa había usado una igual para guardar fotos pequeñas.
Valeria, con los dedos helados, la apretó dentro de mi palma antes de que Daniel entrara.
—Mamá dijo que si me dormían, se la diera a usted —susurró.
Esa frase fue la primera grieta verdadera.
Porque Mariana no estaba dormida por dolor.
Mariana había preparado algo antes de caer.
Cuando los policías tocaron la puerta, Daniel intentó volver a ponerse la máscara.
—Mi hija está enferma —dijo, acomodándose la camisa—. Mi suegro está confundido.
Dos agentes de la Policía de Investigación entraron con un paramédico. Detrás de ellos venía una mujer de cabello recogido, chaleco oscuro y una carpeta en la mano. No miró a Daniel primero. Miró a Valeria.
El paramédico se agachó frente a la niña.
—Hola, mi amor. Me llamo Raúl. ¿Me escuchas?
Valeria asintió apenas.
—No me pongan la tapa —dijo.
El cuarto se quedó sin aire.
Doña Teresa se cubrió la boca con las dos manos. Uno de los agentes dejó de escribir. Incluso Daniel cerró los ojos, no por culpa, sino porque esa frase era imposible de explicar.
El paramédico envolvió a Valeria en una manta térmica. Le puso oxígeno. Revisó sus pulsaciones. Vio las marcas de las muñecas y los tobillos sin decir nada. Solo levantó la mirada hacia la agente.
La agente dio un paso hacia Daniel.
—Señor Daniel Castillo, necesito que se aparte del ataúd.
—Esto es un malentendido —contestó él.
Doña Mercedes levantó la barbilla.
—Mi hijo es abogado. Tengan cuidado con lo que insinúan.
La agente no parpadeó.
