La que rezaba por su matrimonio, la que le guardaba comida aunque estuvieran peleados...

“Tenemos que hablar.”

Mariana levantó la vista. Su sonrisa desapareció.

“¿Qué pasó?”

Diego respiró hondo.

“Hace tres años me hice la vasectomía.”

La playerita amarilla que Mariana sostenía cayó al piso.

“¿Qué dijiste?”

“Después de tu tercer pérdida. No podía verte sufrir más. Pensé que era lo mejor para los dos.”

Mariana se puso de pie lentamente, como si el suelo se moviera.

“¿Me quitaste la posibilidad de decidir sobre mi vida… sin decirme?”

“No lo digas así.”

“¿Entonces cómo lo digo, Diego?”

Él apretó los dientes.

“Lo hice para protegerte.”

Mariana soltó una risa rota, de esas que salen cuando ya no queda aire.

“¿Protegerme? Me mentiste tres años.”

Diego levantó el celular.

“Y tú también me mentiste.”

Ella parpadeó.

“¿De qué hablas?”

“Le hice una prueba de ΑDN al niño.”

Mariana se quedó helada.

“El resultado dice cero por ciento. Cero, Mariana. Αsí que dime la verdad. ¿Con quién estuviste?”

Mariana lo miró como si acabara de golpearla.

“No.”

“¡No me digas que no!”

“Nunca te engañé”, dijo ella, con la voz quebrada. “Te lo juro por mi hijo.”

“¡Nuestro hijo no es!”

El grito rebotó en las paredes. En la recámara, el bebé empezó a llorar.

Mariana no se movió. Las lágrimas le corrían por la cara, pero no eran lágrimas de culpa. Eran de furia, de dolor, de incredulidad.

Entonces dijo algo que le heló la espalda a Diego:

“¿Te acuerdas de la clínica de fertilidad en Coyoacán? La última vez que fuimos, antes de que tú decidieras jugar a ser Dios con mi cuerpo…”

Diego dejó de respirar.

Mariana se limpió la cara.

“Yo volví.”

Él sintió que el celular se le resbalaba de la mano.

“¿Qué?”

“Y lo que me dijeron ahí… cambia todo.”