La madre sencilla y su pequeña princesa
Yo soy Helena Vargas, tengo treinta y dos años.
En el mundo de los negocios, muchos me conocen como la temida multimillonaria y presidenta de Grupo Educativo Vargas, un gigante corporativo dueño de algunas de las universidades y colegios internacionales más exclusivos del país. Pero cuando se trata de mi hija de seis años, Mía, no soy más que una madre común, amorosa y completamente entregada a ella.
Mía estudiaba en el Colegio Internacional Santa Catalina, una de las escuelas más caras de Ciudad de México.
Lo que la mayoría de los maestros ahí no sabía era que yo era la única propietaria del terreno… y de la escuela misma.
Yo le había pedido estrictamente a la directora que jamás revelara mi identidad ante los docentes y que trataran a Mía como a cualquier otra alumna. No quería que creciera arrogante ni consentida. Siempre la vestía con ropa sencilla y le mandaba comida casera en su lonchera.
Una tarde terminé una reunión antes de lo previsto. Entonces decidí sorprender a Mía durante la hora del almuerzo. Como quería estar cómoda, me quité mi costoso traje ejecutivo y me puse solamente una playera blanca sencilla, unos jeans gastados y tenis. En las manos llevaba su platillo favorito: pollo adobado con arroz, preparado por mí esa misma mañana.