Seis meses después abrí la sexta pastelería. Lugar: junto al río, con escaparates frente al paseo.
Contraté a Olivia como gerente. Sofía pasó a ser directora de la cadena. Hicimos un nuevo rebranding: colores vivos, textos con alma. Ningún contrato más a través de terceros. Firmaba todo personalmente.
Un día, Ricardo apareció al otro lado del escaparate. No entró — solo miró. Como alguien que ve lo que perdió. Llevaba una chaqueta vieja y una expresión nueva: desconcierto.
Yo servía café, tranquila. Permaneció un minuto más y se fue.
Al anochecer, Sofía preguntó:
— ¿Era él?
— Sí — respondí.
— Ya no es cliente.
— ¿Ni amigo?
— Ni lo uno ni lo otro. Solo un transeúnte.
Esa noche cerré la última vitrina, apagué las luces y salí a la calle. El aire olía dulce, a vainilla.
Pensé que había perdido mucho: a mi marido, mi círculo, mi antigua vida. Pero en realidad solo había quitado una capa de más — como el azúcar espeso que cubre una crema. Debajo quedaba el sabor limpio, sin ruido.
En el móvil parpadeaba un mensaje: «Has cambiado». Sin firma.
Sonreí.
Que digan lo que quieran. La verdad es que simplemente dejé de aguantar.
Y ese, supongo, es el único rebranding por el que nunca pagaré a nadie.