PARTE 2
El monitor de signos vitales pitaba frenéticamente en la suite VIP del hospital privado en Santa Fe. Valeria había despertado desorientada, rodeada de lujo, pero con 1 terror absoluto oprimiéndole el pecho. Las enfermeras le aseguraron que el peligro había pasado, que el estrés había desencadenado el trabajo de parto prematuro, pero que con reposo absoluto los 3 bebés estarían a salvo.
—¿3? —había preguntado el médico de guardia, revisando el expediente filtrado—. Señora Cruz, su embarazo múltiple es de alto riesgo. Quien la trajo anoche pagó la cuenta de los próximos 4 meses, pero necesita a su familia aquí.
Valeria no tenía a nadie. Había pasado 2 semanas escondida en 1 cuarto de azotea en la zona oriente, sobreviviendo con té y pan, mirando la tarjeta de Fernando Castillo sin atreverse a marcar las 10 cifras. Pero el destino, cruel y retorcido, tenía otros planes.
La puerta de la habitación se abrió de golpe, golpeando la pared con 1 estruendo que hizo saltar a Valeria en la cama. No era 1 enfermera. Era Alejandro. Detrás de él, 2 abogados con maletines de cuero entraron con expresión depredadora.
—Vaya, vaya. Así que te escondías en 1 hospital de ricos —siseó Alejandro, acercándose a la cama con una sonrisa que le heló la sangre a Valeria—. Mi madre se enteró por un contacto en el laboratorio. 3 niños. 3 malditos herederos varones.
Valeria instintivamente abrazó su vientre, retrocediendo contra las almohadas.
—Vete de aquí, Alejandro. Firmé todo. No tienes nada que ver con nosotros.
—Te equivocas —la interrumpió él, arrojando 1 documento sobre la cama—. El fideicomiso de mi abuelo exige herederos varones para que yo pueda tomar el control total de la constructora. Camila no puede tener hijos. Así que te ofrezco 1 trato, muerta de hambre: te doy 1 pensión mensual que te alcanzará para vivir decentemente, y tú me firmas la custodia total de los 3 bastardos en cuanto nazcan. Si te niegas, te hundiré en la corte. No tienes 1 solo peso, ni trabajo, ni casa. Ningún juez te los dejará.
Las lágrimas de rabia y desesperación brotaron de los ojos de Valeria. Era 1 emboscada perfecta. Alejandro extendió 1 bolígrafo hacia ella, exactamente igual a la pluma con la que la había obligado a firmar su destrucción semanas atrás.
—Firma. O te juro que los sacaré de tus brazos apenas den su primer respiro —amenazó, agarrándola bruscamente de la muñeca.
—¡Suéltame! —gritó Valeria, forcejeando con las pocas fuerzas que le quedaban. El monitor cardíaco comenzó a emitir 1 alarma ensordecedora.
De repente, 1 voz grave, fría como el hielo y con el peso de 1000 tormentas, resonó desde el umbral de la puerta.
—Te sugiero que quites tus sucias manos de mi futura esposa, Torres, antes de que te corte los dedos 1 por 1.
Alejandro soltó a Valeria y giró bruscamente. Sus ojos se abrieron desmesuradamente, y el color abandonó su rostro en 1 instante. Ahí, bloqueando la salida con 2 guardaespaldas a sus espaldas, estaba Fernando Castillo. El titán intocable del mundo empresarial mexicano. El hombre al que Alejandro llevaba 3 años rogándole por 1 mísera reunión de 5 minutos.
Fernando avanzó a paso lento, pero su presencia llenó la habitación de 1 peligro inminente. Miró los papeles de custodia en la cama, los hizo pedazos con 1 lentitud calculada y arrojó los restos a la cara de Alejandro.
—Tus abogados tienen 10 segundos para largarse de mi hospital —sentenció Fernando—. Y tú, Torres, acabas de cometer el peor y el último error de tu miserable vida.