La pluma de plata resbaló sobre el papel manchado de lágrimas mientras el abogado de su esposo le exigía desalojar el departamento en 24 horas, ignorando por completo su vientre de 6 meses de embarazo. La sala de juntas, ubicada en el piso 40 de 1 de los edificios más exclusivos de Paseo de la Reforma, estaba impregnada del olor a madera cara y una frialdad cargada de la más cruel traición.
Al otro lado de la mesa de cristal, Alejandro Torres, el hombre con el que había compartido los últimos 5 años de su vida, se ajustaba los puños de su traje a la medida con total indiferencia. El reloj en su muñeca brillaba bajo las luces halógenas, marcando los segundos con un sonido que resonaba más fuerte que el corazón roto de Valeria Cruz. Ni 1 sola vez levantó la mirada para ver a la mujer que llevaba en su vientre a sus hijos.
—Firma de 1 maldita vez, Valeria. Tengo 1 vuelo a Los Ángeles a las 4 de la tarde y Camila me está esperando en el lobby —dijo Alejandro, con una voz tan suave como el filo de 1 navaja.
El nombre de la modelo cayó como 1 balde de agua helada en la habitación. Los tabloides de espectáculos llevaban 3 meses repletos de fotos de ellos 2, pero escucharlo de sus propios labios fue el golpe de gracia. Valeria bajó la pluma. Su firma temblorosa se expandió en el contrato como 1 herida abierta, cediendo absolutamente todo. No pelearía. Su dignidad era lo único que le quedaba intacto.
Alejandro se puso de pie, guardando su teléfono de última generación en el bolsillo de su saco.
—Cuídate. Te dejé 1 depósito para que sobrevivas un par de meses —murmuró, como si le estuviera dando limosna a 1 extraña en la calle.
Cuando la puerta de roble se cerró tras él, Valeria exhaló todo el aire que había estado reteniendo. Salió del imponente edificio corporativo hacia las calles de la Ciudad de México, que en ese momento se desdibujaban bajo 1 lluvia torrencial. Caminó sin rumbo, pasando frente a las boutiques de lujo de Polanco, esquivando los charcos y las miradas de lástima. Con las cuentas bancarias congeladas y solo 200 pesos en la cartera, no tuvo más opción que subir a 1 autobús abarrotado que se dirigía hacia la periferia.
Cerca de las 11 de la noche, el vehículo dio 1 frenazo brusco al cruzar 1 puente. El impacto sacudió a los pasajeros, pero en Valeria provocó algo mucho peor. 1 dolor punzante, agudo y aterrador le atravesó el vientre bajo.
—¡No, por favor, no ahora! —gimió, doblándose sobre sí misma mientras el pánico la asfixiaba.
De inmediato, 1 hombre de semblante impenetrable y abrigo negro, que estaba sentado 2 filas atrás, se levantó de golpe.
—El chofer no se va a detener. Ven conmigo —ordenó con 1 voz profunda que no admitía réplicas.
La cargó en sus brazos como si no pesara nada, pateó la puerta trasera del autobús atascado y la subió a 1 camioneta blindada que misteriosamente venía escoltando al transporte público. Mientras la lluvia golpeaba los cristales, él le entregó 1 tarjeta negra con letras doradas.
—Respira. Si ese imbécil te vuelve a buscar, llama a este número.
Valeria miró la tarjeta con la vista borrosa. El nombre grabado en oro sólido hizo que su corazón se detuviera por 1 fracción de segundo: “Fernando Castillo”. El dueño de la mitad de la ciudad. Y, en ese preciso momento, las contracciones se volvieron insoportables.