Me fui cinco días porque ya no soportaba ser la sirvienta de la familia de mi marido.

— Tuvimos una fuga hace poco —dije brevemente—. Aún estamos arreglándolo.

Empecé a guardar la compra, sintiendo cómo el cansancio se acumulaba dentro de mí.

Diego estaba pendiente de su familia, haciendo preguntas, ayudando a deshacer las maletas. Yo parecía no existir.

Los primeros tres días aguanté.

Me levantaba a las seis y media y preparaba el desayuno: huevos con tortilla, pan tostado, avena, fruta.

Los hijos de Mariana —Mateo y Camila— ponían mala cara:

— ¿Otra vez esto?
— No nos gusta.
— Queremos pizza.

Mariana, mientras tanto, estaba tirada en el sofá con el celular.

— Valeria, ¿puedes ir a la tienda? Se acabó el jugo.

No «voy yo».
No «cooperamos entre todos».
Simplemente «se acabó», como si yo fuera el servicio doméstico gratis.

La cuarta noche me di cuenta de que estaba de pie frente al fregadero, lavando un sartén y llorando.

En silencio. De cansancio y humillación.

En el trabajo era un caos: un proyecto urgente, tiempos imposibles. Llegué a casa cerca de las ocho de la noche después de diez horas trabajando.

Lo primero que dijo Doña Carmen fue:

— Valeria, ¿y la cena? Tenemos mucha hambre.

La miré.

Miré a Diego, que estaba jugando en la laptop.
A Mariana con el celular.
A la tía Lupita viendo una novela.

— Ahorita cocino —dije con una voz que no parecía mía.

Me encerré en el baño y me senté en el borde de la tina. Me temblaban las manos.

En mi cabeza solo había un pensamiento:

No puedo más.

El teléfono vibró.

Un mensaje de mi amiga Fernanda:

«Vale, encontré una oferta de última hora. Un crucero de cinco días por el río, baratísimo. Sale pasado mañana. ¿Te vienes conmigo? Necesitas descansar urgente».

Cinco días.

Sin cocinar.
Sin «Valeria, ¿dónde está…?» ni «Valeria, haz esto».

Abrí la app del banco. Allí estaba mi quincena. Mi dinero.

En esos días había gastado más de ocho mil pesos en los familiares de Diego. Ni un solo «gracias».

Le respondí a Fernanda:

«Voy. Mándame los detalles».

Después del baño, aun así, preparé la cena. Pasta, albóndigas, ensalada.

Puse la mesa en silencio.
Comí en silencio.
Como si no existiera.

Más tarde me acerqué a Diego.

— Tengo que irme. Urgente. Por trabajo. Cinco días. A partir de pasado mañana.

Él levantó las cejas, sorprendido:

— ¿En serio? ¿Y qué pasa con…? —señaló hacia la habitación.

— Te las arreglas —dije—. Es tu familia.

— Valeria, esto no es justo. Tenemos visitas.

— Durante cuatro días hice todo yo sola. Ahora te toca a ti.

— ¡Pero no sé cocinar como tú!

— Aprenderás. O piden comida. O salen a comer.

Se puso rojo:

— ¿O sea que me dejas solo con ellos?