Me fui cinco días porque ya no soportaba ser la sirvienta de la familia de mi marido.

— No te dejo. Me voy por trabajo. Un trabajo que, por cierto, paga todo este circo.

Por la mañana hice la maleta.

Doña Carmen entró en la cocina mientras yo tomaba café:

— Diego dice que te vas. Qué lástima, nos vemos tan poco.

— Trabajo —respondí.

— Al menos deja algo hecho. Diego no sabe nada de cocina.

Terminé el café y dejé la taza en el fregadero:

— Hay comida en el refri. Hay recetas en internet. Todos son adultos.

Su cara se quedó paralizada por la sorpresa.

Fernanda me esperaba en el muelle con dos cafés y una gran sonrisa:

— Bueno, fugitiva, ¿lista para tu libertad?

— Más que nunca.

Cuando el barco zarpó, por primera vez en mucho tiempo sentí que podía respirar.

El teléfono vibró:

«Vale, mamá pregunta dónde guardamos el cereal».

Apagué el teléfono.

Esos cinco días fueron como un sueño.
Dormí, leí, paseé, comí cuando quise.
Nadie me exigía nada.

El tercer día encendí el teléfono.

Treinta mensajes de Diego.
De la rabia a la confusión.
De los reproches al pánico.

Le escribí solo uno:

«Estoy bien. Vuelvo en dos días. Arréglatelas solo».

Y volví a apagar el teléfono.

— Haces lo correcto —dijo Fernanda—. Que lo sienta.

Asentí, aunque el miedo crecía.

¿Y si no lo entiende?
¿Y si piensa que lo traicioné?

Pero ¿por qué la responsabilidad de su familia siempre había sido mía?

Cuando el taxi se detuvo frente al edificio, el corazón me latía con fuerza.

No sabía qué me esperaba detrás de esa puerta.

¿Caos?
¿Una pelea?
¿Un silencio helado?…