Mi abuelo me encontró empujando una bicicleta ponchada con mi recién nacido en brazos, mientras mi hermana manejaba el Mercedes que él me había regalado.

Su rostro se quedó inmóvil, pero sus ojos cambiaron por completo.

Abrió la puerta del coche.

“Súbete con el niño.”

“Abuelo…”

“Súbete, Valeria.”

Entré al asiento trasero con Santiago en brazos. El calor del coche me hizo darme cuenta de cuánto frío tenía. Afuera quedó la bicicleta, tirada como si también fuera parte de la humillación que yo había aceptado.

Durante varios minutos, mi abuelo no dijo nada.

Luego preguntó:

“Esto no es solo por el coche, ¿verdad?”

Bajé la mirada.

“No”, susurré. “Abuelo… lo que están haciendo conmigo es un delito.”

Y cuando terminé de contarle todo, él solo dijo:

“Esta noche lo voy a arreglar.”

Yo pensé que hablaba de una junta familiar.

Me equivoqué.

No podía creer lo que estaba a punto de pasar…

PARTE 2

Mi abuelo no me llevó a casa.