Doña Consuelo tenía los ojos abiertos. Pero no eran los ojos perdidos de una anciana enferma. Eran ojos vivos, duros, inteligentes.
—No me lleves al hospital, Marisol —dijo en voz baja, pero clara—. Ayúdame a vengarme.
Sentí que la sangre se me congelaba.
—Doña Consuelo… ¿usted… usted me entiende?
Ella apretó más mi muñeca.
—Ellos no tienen idea de quién soy en realidad.
Antes de que pudiera responder, me señaló un mueble viejo en la esquina.
—Muévelo. Levanta la tabla del piso.
Obedecí temblando. Debajo de la madera había una caja tallada, antigua, escondida como un secreto enterrado en esa casa. Al abrirla, encontré frascos pequeños, documentos y un control negro.
Doña Consuelo bebió unas gotas de uno de los frascos. Diez minutos después se incorporó sola.
Sola.
La mujer que todos daban por paralizada se sentó en la cama con la espalda recta y una mirada que me atravesó.
—Tres años fingí estar acabada —me dijo—. Tres años esperando ver quién me cuidaba y quién quería verme muerta.
Yo no podía ni respirar.
Entonces presionó el control.
La pared del cuarto se abrió lentamente.
Detrás había una habitación secreta llena de pantallas, cámaras y grabaciones de toda la casa.
Doña Consuelo me miró con una calma terrible.
—Ahora vas a ver lo que tu marido hizo con tu dinero… y con mi vida.
Y cuando la primera grabación apareció en la pantalla, entendí que lo que venía no podía ser verdad… pero apenas estaba empezando.
PARTE 2
En la pantalla se veía la sala, dos semanas antes. Doña Elvira estaba sentada en el sillón, comiendo papas y viendo una telenovela. Doña Consuelo aparecía en su silla de ruedas, inmóvil, junto a la ventana.
De pronto, Elvira se levantó, se acercó a ella y pateó una de las ruedas.
—Vieja inútil —escupió—. Nomás tragas dinero. Ojalá ya te fueras con Dios.
Yo me cubrí la boca para no gritar.
Luego la vi escupir en un plato de sopa fría y empujarlo hacia la anciana.
—Ándale, come. Eso es más de lo que mereces.
Sentí náuseas. Esa mujer, que frente a los vecinos hablaba de “valores familiares”, trataba a doña Consuelo peor que a un animal.
Pero lo peor vino después.
Doña Consuelo cambió de video. Era de hacía tres días, cuando yo había salido a Monterrey por trabajo. Daniel entró a la casa con una mujer joven, arreglada, de uñas largas y vestido ajustado.
La reconocí de inmediato: Brenda, la “prima lejana” que él decía que venía de Guadalajara.
Se sentaron abrazados en el sillón. Daniel le besó el cuello.