Le mandé un mensaje a Daniel:
“Tu abuela ya no respira. Estoy asustada. ¿Qué hago?”
La respuesta llegó cinco minutos después:
“No hagas escándalo. No llames a nadie. Envuélvela en una sábana y déjala en su cuarto. Regresamos cuando podamos.”
Doña Consuelo leyó el mensaje sin parpadear.
—Perfecto —dijo—. Que regresen creyendo que vienen a recoger una herencia.
Esa noche apagamos todas las luces.
A las diez, escuchamos el coche de Daniel entrar al patio. Venían riéndose, cargando maletas, bolsas de compras y la soberbia intacta.
Elvira gritó desde la puerta:
—¡Marisol, abre! ¡Y más te vale que ya hayas limpiado el mugrero!
Daniel metió la llave.
La puerta se abrió.
Sus pasos entraron en la oscuridad.
Y justo cuando Daniel encontró el interruptor, doña Consuelo levantó la barbilla, lista para destruirlos con una sola mirada.
PARTE 3
La lámpara de cristal se encendió de golpe.
El grito de doña Elvira rebotó en toda la sala.
—¡Es un fantasma!
Brenda soltó una maleta y se escondió detrás de Daniel. Él se quedó pálido, con la boca abierta, mirando la casa transformada, los escoltas, el mármol, los muebles nuevos… y en el centro, a doña Consuelo sentada en un sillón rojo, impecable, tomando té como si hubiera estado esperándolos toda la vida.
Yo estaba a su lado, con un vestido color marfil y la cara serena.
Daniel me miró furioso, buscando a la mujer que podía humillar.
—¿Qué hiciste, Marisol? ¿Vendiste algo? ¿A quién le robaste?
Di un paso al frente.
—Cállate, Daniel. No levantes la voz en casa de la dueña.
—¿Dueña? —se burló, aunque la voz le temblaba.
El licenciado Salcedo salió de la sombra con una carpeta.
—Buenas noches. Represento legalmente a la señora Consuelo de la Vega, presidenta del Grupo De la Vega y propietaria legítima de esta casa, del terreno y de la empresa donde usted trabajaba por recomendación de ella.
Daniel parpadeó como si no entendiera español.
Doña Elvira empezó a llorar.
—Mamá Consuelo, nosotros no sabíamos…
—No me digas mamá —la cortó la anciana—. Las hijas no patean sillas de ruedas ni matan de hambre a una vieja.
Daniel intentó gritar fraude, manipulación, demencia. Amenazó con llamar a la policía.
—Ya está aquí —dijo el licenciado.
Del pasillo salieron tres agentes.
Brenda se puso a temblar.
Entonces Daniel hizo lo que hacen los cobardes cuando se les acaba el teatro: señaló a su amante.
—¡Fue idea de ella! ¡Ella me llenó la cabeza!
Brenda abrió los ojos, indignada.
—¡Mentiroso! ¡Tu mamá y tú compraron las gotas! ¡Tú dijiste que si la abuela moría, Marisol iba a cargar con todo!
El silencio fue brutal.
El licenciado levantó su celular.
—Confesión registrada. Además tenemos videos, audios, transferencias bancarias y pruebas del medicamento.
A Daniel le llegaron notificaciones al teléfono una tras otra. Despido inmediato. Cuentas congeladas. Tarjetas bloqueadas. Denuncia formal por desvío de recursos. El coche que traían también sería retirado: estaba a nombre de la empresa.
El hombre que se creía dueño de todo se quedó sin nada en menos de diez minutos.
Doña Elvira se arrastró hasta los pies de Consuelo.
—Perdóneme… somos familia…