PARTE 2
La primera semana de Mariana lejos de su propia vida la pasó en un hotel barato cerca de la Central de Abasto. Las paredes olían a humedad, el foco del baño parpadeaba y cada noche escuchaba pleitos, televisiones a todo volumen y motocicletas pasando como si nunca fuera a amanecer.
Con una parte del dinero compró un celular usado en una casa de empeño y una laptop vieja que tardaba minutos en abrir un correo. Mandó solicitudes a hoteles, salones de eventos, oficinas, despachos, agencias. Asistente administrativa. Recepcionista. Coordinadora de bodas. Lo que fuera.
Nadie respondió.
Después entendió por qué. Héctor ya había hecho su trabajo.
En páginas de chismes y cuentas de Facebook aparecían publicaciones sobre “la exesposa mantenida de un empresario mexicano que perdió la cabeza al quedarse sin lujos”. Decían que nunca había trabajado, que vivía de apariencias, que estaba desesperada por dinero.
Nadie sabía que muchas de las campañas más exitosas de Grupo Salgado habían sido ideas de Mariana. Nadie sabía que ella había salvado la empresa de una crisis en 2019, cuando un cliente los acusó de fraude. Nadie sabía que detrás del hombre brillante de los foros empresariales estaba una mujer sin crédito, sin firma y sin reconocimiento.
Lo peor fue Mateo.
Mariana llamó a su escuela todos los días desde números distintos. Siempre recibió la misma respuesta: por instrucciones legales, no podían comunicarla con el menor. Héctor había presentado una solicitud alegando que ella estaba emocionalmente inestable y que debía ser evaluada antes de ver a su hijo.
Una noche de tormenta, mientras Mariana cenaba sopa instantánea en un vaso de unicel, su celular vibró. La pantalla mostraba un número larguísimo, extranjero.
No contestó.
Volvió a sonar.
A la tercera llamada, respondió.
“¿Hablo con la señora Mariana Torres Fischer?”, preguntó una voz masculina, elegante, con acento europeo.
“Depende. Si me va a cobrar algo, le aviso que escogió el peor momento de mi vida.”
“Mi nombre es Hans Keller. Le llamo desde una firma privada de administración patrimonial en Zúrich. Llevamos meses intentando localizarla.”
Mariana se enderezó en la cama.
“¿A mí?”
“Sí. Toda la correspondencia enviada a su domicilio en Ciudad de México fue interceptada por personal del señor Héctor Salgado.”
Mariana sintió un frío en la espalda.
Hans explicó que su tío abuelo, Rupert Fischer, había fallecido en Alemania. Mariana era la última descendiente directa de la familia Fischer y beneficiaria única del Fideicomiso Lumina.
“Mi papá siempre dijo que esa parte de la familia no tenía nada”, murmuró ella.
“Su padre se alejó para que usted creciera con una vida normal. Pero la fortuna nunca desapareció.”
Mariana soltó una risa nerviosa.
“¿De cuánto estamos hablando?”
Hubo silencio. Luego Hans habló con calma.
“Después de impuestos, aproximadamente novecientos millones de dólares en activos líquidos. Además de propiedades, participación en una empresa global de logística y un viñedo histórico en Francia.”
El celular casi se le cayó.
“Esto es una broma de Héctor.”
“No lo es. Pero hay una condición: debe presentarse en Zúrich antes del viernes a las cinco de la tarde para firmar la sucesión.”
Mariana miró sus bolsas de basura en el rincón.
“Mi pasaporte está en la caja fuerte del departamento. Héctor jamás me dejará acercarme.”
“Ya lo anticipamos. Hay documentos de emergencia listos y un equipo legal esperándola. Un vehículo llegará a su hotel en dos minutos. No lleve nada.”
Mariana se asomó por la cortina sucia. En el estacionamiento, entre taxis viejos y camionetas golpeadas, una SUV negra blindada esperaba con las luces encendidas.
En ese momento llegó un mensaje de Héctor:
“Espero que ya hayas entendido lo que eres sin mi apellido: nadie.”
Mariana miró el mensaje, luego la camioneta.
Por primera vez en semanas, sonrió.
Y lo que haría al regresar a México iba a obligar a todos a esperar la parte final.