La miré sin poder ocultar la incredulidad.
—¿Y luego?
—Luego… desapareció.
La palabra quedó suspendida en el aire.
—¿Desapareció cómo?
—Como suena. Dos semanas después, nadie podía localizarla. Su chofer dejó el trabajo, la casa se vendió a través de una inmobiliaria, los teléfonos dejaron de funcionar. Y todos los que habían hecho negocios con ella fingieron no conocerla.
Un frío me recorrió la espalda.
—¿Fuiste a la policía?
Natalia soltó una risa amarga.
—¿A decir qué? ¿Que me metí en una red de fraude fiscal, que tengo copias de documentos comprometidos y que la mujer que me metió en todo esto desapareció? Lo último que quería era llamar la atención.
Se inclinó ligeramente hacia mí.
—Pero antes de desaparecer, Nuria me citó en el Hotel Camino Real. Dijo que me daría una compensación si le devolvía cierta información. No fui sola, dejé mi coche dos calles antes y entré por una puerta lateral. Cuando llegué, ya no estaba. Solo había una bolsa de una boutique de lujo. Dentro… estaba ese vestido.
Miré la prenda sobre la mesa y dejó de parecerme hermosa. Ahora era otra cosa: una señal, una advertencia, quizá una amenaza.
—¿Y las iniciales?
—N.K. son las suyas… o el nombre que usaba conmigo. El papel… —bajó la mirada— estaba escondido cuando me dio el vestido. Lo encontré después.
Abrí la nota. La tinta azul, fina y precisa, formaba una frase corta:
“Si alguna vez esto vuelve a aparecer, será porque alguien ya sabe quién eres.”
Sentí un golpe seco en las sienes.
—¿Por qué no se lo contaste a Alejandro?
—Porque Alejandro me mata si descubre en qué me metí. Porque él cree que solo tuve una mala racha económica… y porque hace un mes recibí un correo desde una cuenta sin nombre. Solo decía: “Pronto saldrá a la luz”. Y ayer, tu marido te trae el vestido como regalo. Dime tú… ¿qué habrías pensado?
La lógica era brutal. Alguien había hecho llegar ese vestido hasta Alejandro. Alguien quería ponerlo dentro de nuestra casa, en nuestra vida aparentemente tranquila, para obligar a Natalia a enfrentarse a lo que llevaba meses escondiendo.
Respiré hondo, intentando ordenar el caos.
—¿Alejandro sabía quién era la clienta de la colección privada?
—No lo sé.
—¿Conservas las copias de los documentos?
Natalia dudó unos segundos antes de responder.
—Sí.
—Entonces esto ya no es vergüenza. Es peligro.
Ella me miró, con los ojos enrojecidos.
—No quiero arrastrarlos a esto.
—Ya nos arrastraste.
El silencio que siguió fue pesado. Afuera pasó una ambulancia; su sirena atravesó la calle y luego todo volvió a la normalidad, como si nada ocurriera: coches, voces lejanas, la rutina de la ciudad.
Tomé mi teléfono.
—Voy a llamar a Alejandro.
Natalia me detuvo sujetándome el brazo.
—No. Si él compró el vestido por casualidad, le vas a crear un problema sin motivo. Y si no fue casualidad… entonces primero tenemos que saber de qué lado está.
Esa frase me dejó helada. Alejandro siempre había sido metódico, serio, incapaz —según yo— de una traición.
Pero lo que descubrimos después no solo cambió la imagen que tenía de mi marido… sino que nos arrastró a un juego mucho más peligroso de lo que jamás imaginamos.