
Sin embargo, la caja había llegado a nuestra casa por sus manos. Él había repetido palabra por palabra lo que le dijo el vendedor: “pieza única de la colección privada de una clienta”.
Demasiado preciso. Demasiado limpio.
Dejé el celular sobre la mesa.
—Entonces vamos a averiguarlo antes de que vuelva a casa.
Natalia se secó las lágrimas con el dorso de la mano y, por primera vez desde que empezó el desastre, pareció centrarse.
—Las copias están en una memoria USB. En mi departamento.
—Vamos por ella.
—¿Y el vestido?
Lo doblé con cuidado, evitando tocar más de lo necesario la costura donde estaban las iniciales.
—Se viene con nosotras.
Porque en ese momento ya lo tenía claro: aquella prenda no era un regalo. Era el hilo de una trama que llevaba demasiado tiempo escondida, y alguien acababa de jalar de él.
Salimos de casa sin comer, con el vestido guardado en una funda opaca y una tensión tan espesa que apenas podíamos respirar dentro del coche. Natalia manejaba demasiado rápido por el Periférico, tamborileando con los dedos contra el volante cada vez que se detenía en un semáforo. Yo iba mirando el celular, esperando un mensaje de Alejandro, pero solo encontré dos correos de trabajo y una promoción del súper. Nada suyo. Eso me inquietaba aún más.
El departamento de Natalia estaba en Santa Fe, en un conjunto moderno con cámaras en la entrada y un guardia que apenas levantó la vista. Subimos en elevador hasta el cuarto piso. En cuanto abrió la puerta, fue directo al dormitorio principal y apartó una caja de zapatos del fondo del clóset. Dentro había recibos, un reloj antiguo, dos pasaportes vencidos y una memoria USB negra.
—Aquí está.
—Bien. Ahora necesitamos saber qué papel juega Alejandro.
—Y si Nuria sigue viva —dijo ella.
La miré.
—¿Crees que está muerta?
Natalia se dejó caer en el borde de la cama.
—No lo sé. En ese ambiente, la gente no desaparece por mudarse a otra ciudad. Desaparece porque alguien paga para que no haga ruido.
Me negaba a aceptar esa idea sin pruebas. Saqué mi laptop del bolso, conecté la memoria y abrí las carpetas. Había estados de cuenta, capturas de correos, copias de contratos, fotografías de reuniones en restaurantes privados de Ciudad de México y una carpeta llamada “Camino Real”. Dentro, una imagen tomada desde el vestíbulo del hotel mostraba a Nuria Kessler junto a un hombre alto, de traje oscuro, de perfil. Amplié la foto y noté que Natalia se ponía rígida a mi lado.
No era Alejandro.
Pero lo conocíamos.
—Es Julián Orive —dije en voz baja.
Julián era el socio principal de la consultora donde trabajaba mi marido. Un hombre elegante, educado, con esa frialdad impecable de quienes jamás levantan la voz porque no lo necesitan. Alejandro lo admiraba. Había dicho muchas veces que le debía parte de su carrera.
Seguimos revisando archivos. En varios correos, el nombre de Julián aparecía sustituido por iniciales: J.O. En uno especialmente claro, Nuria escribía: “La entrega se hará a través del canal habitual. Alejandro no sabe nada y seguirá sin saberlo mientras conserve el puesto.”
Leí la frase dos veces.
—Alejandro no sabe nada —repetí.
Natalia se inclinó sobre la pantalla, temblando.
—Entonces lo han usado.