Eso encajaba mejor con el hombre con el que vivía. Si Julián le había pedido recoger un paquete o comprar una pieza reservada “para una clienta”, Alejandro habría obedecido sin sospechar. Era exactamente el tipo de encargo ambiguo que un empleado fiel cumpliría para agradar a un jefe poderoso.
Pero la conclusión no nos tranquilizó; la empeoró todo. Si Julián había utilizado a Alejandro como mensajero involuntario, era porque quería lanzar un aviso sin exponerse. Y si el vestido había llegado hasta Natalia, él sabía perfectamente dónde golpear.
—Tenemos que sacarlo de la oficina ahora mismo —dije.
Llamé a Alejandro. Contestó al tercer tono, con voz baja.
—Elena, no puedo hablar. Estoy entrando a una reunión.
—Escúchame bien. Tienes que salir de ahí.
Silencio.
—¿Qué pasa?
—No por teléfono. ¿Puedes inventarte una urgencia?
—Elena…
—Hazlo.
Debió de notar algo en mi tono, porque no discutió. Dijo que me llamaría en diez minutos y colgó.
Esos diez minutos se hicieron eternos. Natalia caminaba de un lado a otro del departamento. Yo seguía abriendo archivos y encontré una nota escaneada que me dejó helada: una lista de nombres potencialmente comprometidos, y entre ellos estaba el de Natalia, marcado en rojo, y debajo, en letra manuscrita: “Presionar a través de la familia.”
Cuando Alejandro devolvió la llamada, sonaba agitado.
—Ya estoy fuera. ¿Quieres decirme qué demonios pasa?
Le pedí que viniera directamente al departamento de Natalia. Tardó cuarenta minutos. Cuando entró, con el saco abierto y el gesto endurecido, vio a su hermana llorando, el vestido sobre la mesa y mi laptop llena de documentos. Su rostro pasó de la confusión a una rabia seca.
—Que alguien empiece a hablar.
Se lo contamos todo. Sin adornos. Sin proteger a Natalia más de lo imprescindible. Alejandro escuchó inmóvil, con la mandíbula tensa, hasta que mencioné a Julián Orive y le mostré la fotografía del hotel. Entonces se sentó, como si le hubieran vaciado las piernas.
—Hace dos días —dijo al cabo de un rato— Julián me pidió un favor. Me dijo que una antigua clienta había dejado reservada una pieza en una boutique de Monterrey y que, como yo viajaba por trabajo, podía recogerla. Lo pagó la empresa como atención comercial. Me dio incluso el nombre exacto del paquete y me pidió que no lo abriera. Anoche, cuando te lo di, pensé que había decidido que me lo quedara porque la clienta ya no lo quería o algo así. Sé que suena estúpido.
No sonaba estúpido. Sonaba a manipulación profesional.
—¿Puedes demostrar que fue él quien te lo encargó? —pregunté.
Alejandro sacó el celular y enseñó un mensaje interno de la empresa. Ahí estaba: una instrucción breve, cordial, firmada por Julián.
Era suficiente para entender el esquema, pero no para tumbarlo legalmente. Aun así, ya no podíamos seguir escondidos. Había dinero, fraude y amenazas. Y tal vez una desaparición.
Propuse ir a la fiscalía especializada en delitos financieros con un abogado. Natalia quiso negarse. Alejandro la interrumpió por primera vez con dureza.
—Se acabó. Tuviste meses para callar y casi nos destruyes la vida. Ahora se hace bien.
Lo sorprendente fue que Natalia no discutió. Quizá porque por fin había alguien más sosteniendo el peso.
Esa misma tarde contactamos a Tomás Echevarría, un abogado penalista recomendado por una amiga mía. Nos recibió en su despacho en el centro de la ciudad a última hora. Revisó los documentos, la nota escondida, el mensaje de Julián, la fotografía del Camino Real y el contenido de la memoria USB. Su conclusión fue clara: no debíamos movernos solos ni alertar a nadie más dentro de la empresa.
Dos días después, con su acompañamiento, presentamos todo ante la unidad correspondiente. La investigación no fue inmediata ni espectacular. Fue lenta, técnica, incómoda. Hubo declaraciones, revisión de cuentas, requerimientos judiciales, análisis de comunicaciones. Pero las piezas empezaron a encajar. Nuria Kessler no había muerto: había huido a otro país con documentos falsos cuando parte de la red comenzó a desmoronarse. Julián Orive llevaba años participando en operaciones irregulares mediante intermediarios prescindibles. Natalia no era inocente, pero tampoco era la mente detrás de todo; era un eslabón ambicioso y torpe que había decidido mirar hacia otro lado hasta que entendió que la iban a sacrificar.