Yo no tenía fuerzas para discutirle.
Solo le repetí lo único que sí sabía.
—La que se tiene que ir de mi vida no eres tú.
En urgencias me revisaron de inmediato por el embarazo.
La doctora dijo que el bebé estaba bien, que no había señales de parto prematuro, pero me pidió que no minimizara lo que acababa de pasar. Tenía la marca de los dedos de Diego en el brazo y la presión disparada por el susto.
—¿Tienes a dónde ir esta noche? —me preguntó.
Por primera vez en meses, contesté sin pensar en quedar bien con nadie.
—Sí. Con mi mamá.
Esa misma doctora pidió que dejaran constancia de los moretones y me habló de la denuncia como si fuera algo normal, posible, alcanzable. No como el fin del mundo.
A las once y media de la noche, mientras yo seguía conectada al monitor, Lucía regresó con un cargador, un cambio de ropa y su celular lleno de pruebas.
Había grabado casi todo.
La burla de Teresa.
La cachetada a mi mamá.
El momento en que Diego me sujetó del brazo.
Y algo más.
Un audio de Teresa, enviado al chat familiar apenas unos minutos después de que nosotras salimos, donde decía que nadie iba a hablar con nadie, que aquello se iba a manejar como “un malentendido provocado por la embarazada”.
No dijo mi nombre.
Dijo la embarazada.
Como si yo ya no fuera persona. Solo problema.
Lucía me enseñó el teléfono con la mandíbula apretada.
—Yo iba a casarme con Rodrigo en cuatro meses —me dijo—. Y no sé si él sea como ellos. Pero hoy vi que tarda demasiado en reaccionar. Y eso también asusta.
No la contradije.