Los dedos de Diego se me clavaron en el brazo tan fuerte que sentí el tirón hasta en el hombro.
Yo seguía de pie en medio del comedor, con la respiración corta y una mano sobre la panza, cuando él me jaló hacia sí como si todavía pudiera mandarme a callar.
—Ya hiciste suficiente —me dijo entre dientes—. Ahora te sientas y cierras la boca.

No alcancé ni a responder.
La primera persona que se movió no fue su madre. Ni uno de sus hermanos. Fue Lucía, la prometida de Rodrigo.
Se levantó de golpe, tirando su silla hacia atrás, y se puso entre Diego y yo con una valentía que no le había visto en toda la tarde.
—Suéltala —dijo.
Diego la miró como si no pudiera creer que una mujer más le estuviera hablando así delante de todos.
—Esto no es contigo.
—Ahora sí es conmigo —le respondió ella—. Y con cualquiera que haya visto lo que acabas de hacer.
Rodrigo se puso de pie un segundo después. Tarde, sí. Pero se puso de pie.
Le agarró a Diego la muñeca y se la apartó de mi brazo. En el forcejeo, el cucharón pegó contra la cazuela de barro y la olla de caldo se volcó sobre el mantel blanco.
El olor a comino, carne y verduras calientes se mezcló con el silencio más espeso que yo había oído en mi vida.
Teresa gritó por la cazuela.
Ni siquiera por la cachetada. Ni por mi brazo. Por la cazuela.
—¡Mira lo que provocaste! —me gritó, con la voz llena de furia—. Todo por tu manía de exhibirnos.
Mi mamá acababa de regresar del cuarto de visitas con la bolsita de hielo envuelta en una toalla. Se quedó petrificada al verme forcejeando con Diego.
Quiso acercarse, pero Lucía la detuvo con una mano y la colocó detrás de mí.
—No se acerque, doña Carmen. Yo la saco —dijo.
Ahí sentí el primer endurecimiento en la panza.
No fue dolor. Fue una presión seca, dura, como si mi cuerpo me estuviera avisando que ya había aguantado demasiado.
Me doblé apenas, lo suficiente para que Lucía lo notara.
—¿Estás bien?
Negué con la cabeza.